El presidente recupera en Argentina una imagen de la Virgen de Covadonga y convierte el acto en una defensa de los emigrantes y sus descendientes como parte plena del Principado. El reto ya no es conservar la nostalgia: es conseguir que los jóvenes mantengan vivo un vínculo construido durante más de un siglo
A casi 10.000 kilómetros de Covadonga, una imagen de la Santina ha vuelto a ocupar su lugar en una plazoleta llamada Asturias. Y alrededor de ella, entre gaitas, bailes tradicionales y descendientes de quienes un día cruzaron el Atlántico, Adrián Barbón ha querido resumir este domingo una idea: Asturias no termina en sus fronteras.
La visita del presidente del Principado al Centro Asturiano de Lanús, en la provincia de Buenos Aires, ha sido mucho más que uno de los actos protocolarios de su gira por Argentina y Uruguay.
Barbón ha aprovechado la reposición de una imagen de la Virgen de Covadonga en la plazoleta Asturias para reivindicar a los emigrantes y sus descendientes como parte de pleno derecho de la comunidad asturiana.
Lo ha expresado mediante una imagen sencilla:
Asturias es un puzle formado por dos grandes piezas, la Asturias interior y la Asturias exterior. Y ninguna está completa sin la otra.
No es una frase casual.
Argentina alberga la mayor comunidad asturiana fuera de España, con cerca de 38.000 personas entre emigrantes y descendientes, y dispone además de la red más amplia de centros y casas de Asturias en el extranjero: 14 entidades.
Un centro que acaba de cumplir un siglo
El escenario elegido tiene una carga histórica especial.
El Centro Asturiano de Lanús fue fundado en 1925. Ha atravesado un siglo de emigración, dictaduras, crisis económicas, cambios generacionales y transformaciones sociales a ambos lados del Atlántico.
Y ha sobrevivido.
Barbón ha destacado precisamente esa capacidad de continuidad como una de las grandes fortalezas del centro.
Después de la pandemia, fueron descendientes de emigrantes quienes impulsaron su revitalización y comenzaron a incorporar nuevas generaciones a sus actividades.
Eso convierte a Lanús en algo más que una sede para celebrar fiestas regionales.
Es también una pequeña demostración de cuál es ahora el gran desafío de la emigración asturiana:
qué ocurre cuando desaparece la generación que nació realmente en Asturias.
Del emigrante que recordaba su pueblo al nieto que quizá nunca lo ha pisado
Durante décadas, mantener viva la asturianía en América era relativamente sencillo.
Quienes integraban los centros habían nacido en Cangas del Narcea, Tineo, Allande, Oviedo, Gijón, Avilés o cualquier otro punto de Asturias.
Recordaban el paisaje.
La familia.
La comida.
Las fiestas.
Incluso el viaje en barco que los había alejado de casa.
Un siglo después, buena parte de quienes mantienen abiertas esas instituciones ya han nacido en Argentina, Uruguay, México, Cuba o Venezuela.
Para ellos Asturias no es necesariamente un recuerdo.
Es una herencia.
Y ahí aparece el gran problema de futuro: conseguir que esa herencia siga significando algo para una tercera, cuarta o quinta generación.
Barbón lo ha convertido en una de las cuestiones centrales de su visita.
Los jóvenes, obligatoriamente dentro
Ese problema estará también en el centro del V Congreso Mundial de Asturianía, que se celebrará esta semana en Buenos Aires.
Será la primera vez que esta gran cita de las comunidades asturianas se organice fuera del Principado.
Participarán cerca de un centenar de representantes de 35 centros y casas de Asturias de América y Europa, bajo el lema «AsturiEs Plural».
Pero esta vez hay una novedad significativa.
Cada centro podrá estar representado por tres personas y una de ellas deberá ser joven.
La decisión pretende atacar directamente uno de los mayores problemas de estas organizaciones: el envejecimiento.
Barbón lo ha resumido en Lanús:
si no existe relevo generacional, llegará un momento en que tampoco exista transmisión de la identidad.
El desafío consiste en conseguir que las casas de Asturias dejen de ser únicamente lugares donde los mayores recuerdan y se conviertan también en espacios donde los jóvenes encuentren razones para quedarse.
Gaita, tambor, bolos, lengua... y algo bastante más profundo
El presidente asturiano ha enumerado algunos de los elementos que durante décadas han servido para mantener esa conexión.
La gaita.
El tambor.
El baile tradicional.
Los bolos.
La lengua.
La gastronomía.
Las fiestas.
Pero el mensaje que ha querido trasladar va más allá del folclore.
Los centros asturianos funcionaron durante generaciones como redes sociales mucho antes de que existieran las redes sociales.
Allí encontraba ayuda el recién llegado.
Se conseguía trabajo.
Se conocía a otros emigrantes.
Se organizaban celebraciones.
Se recibían noticias de Asturias.
Y se construía una comunidad que permitía sentirse algo menos lejos de casa.
Barbón sostiene ahora que esas instituciones deben encontrar una nueva función para sobrevivir en el siglo XXI.
«¿Cómo no vamos a estar agradecidos a Argentina?»
La visita ha permitido además al presidente recuperar uno de los capítulos fundamentales de la historia contemporánea asturiana.
Durante décadas, miles de personas abandonaron el Principado rumbo a América.
Algunas buscaban simplemente trabajo y una oportunidad de prosperar.
Otras marcharon empujadas por la pobreza.
Y otras tuvieron que escapar después de la Guerra Civil y durante la dictadura.
Argentina fue uno de sus grandes destinos.
«¿Cómo no vamos a estar agradecidos a Argentina?», se ha preguntado Barbón ante los asistentes.
El presidente ha recordado que para muchos asturianos aquel país no fue únicamente un lugar donde conseguir empleo.
Fue literalmente un refugio.
Hubo quienes cruzaron el Atlántico porque en Asturias apenas podían mantener a sus familias y quienes tuvieron que hacerlo, según ha recordado, «para salvar la vida».
De ahí ha extraído una reflexión destinada también al presente: Asturias no debería olvidar su propia historia de emigración cuando habla hoy de quienes llegan desde otros países.
«No importa dónde se viva»
Otra parte especialmente significativa del discurso ha tenido como destinatarios a los descendientes.
Porque una de las cuestiones que aparecen una y otra vez dentro de las colectividades exteriores es hasta qué punto alguien que nunca ha vivido en Asturias puede considerarse asturiano.
Barbón ha rechazado esa frontera.
Para el presidente, la pertenencia no depende exclusivamente de haber nacido o residir en el Principado, sino de mantener un vínculo cultural, familiar y afectivo con Asturias.
«¿Cómo alguien puede cuestionar que vosotros sois asturianos?», ha planteado.
Su tesis es que esa identidad puede sobrevivir a la distancia e incluso transmitirse entre generaciones.
Y esa idea enlaza directamente con otra batalla que Barbón está planteando durante su viaje.
De la identidad a los derechos políticos
El discurso sobre la Asturias exterior no se está quedando únicamente en lo sentimental.
Un día antes, en Buenos Aires, Barbón volvió a defender la creación de una circunscripción electoral específica para los asturianos residentes en el extranjero, de manera que pudieran elegir directamente representantes en la Junta General del Principado.
Es una propuesta que el presidente defiende desde hace tiempo y que, por ahora, no dispone del consenso político necesario para materializarse.
Pero revela hasta dónde quiere llevar el concepto de «Asturias exterior».
Si quienes viven fuera forman parte de Asturias, argumenta Barbón, esa pertenencia debería acabar teniendo también una traducción institucional y política.
Y el debate adquiere todavía mayor intensidad en una semana en la que España acaba de entrar de nuevo en periodo electoral.
La Asturias exterior también entra en la política asturiana
La visita tampoco se produce en un vacío político.
El líder del PP asturiano, Álvaro Queipo, desarrolla estos mismos días su propia agenda en Sudamérica y llegará también a Argentina antes del Congreso Mundial de Asturianía.
Los dos principales dirigentes de la política asturiana terminarán coincidiendo esta semana ante las comunidades del exterior.
Pero están poniendo el acento en cuestiones diferentes.
Barbón insiste especialmente en ciudadanía, identidad, memoria, derechos políticos y continuidad de los centros.
Queipo está tratando de incorporar una dimensión económica mediante su propuesta de una Asturias Global que conecte empresarios, profesionales, investigadores y descendientes con oportunidades de inversión y retorno hacia el Principado.
La emigración, por tanto, ha dejado de ser un asunto puramente sentimental.
También empieza a formar parte de la discusión sobre qué relación debe mantener Asturias con decenas de miles de personas repartidas por el mundo.
Buenos Aires será esta semana la capital de la asturianía
El gran momento de la gira llegará el miércoles 7 de octubre.
Buenos Aires acogerá la apertura del V Congreso Mundial de Asturianía.
Durante dos jornadas se hablará de relevo generacional, futuro de los centros, participación de los jóvenes y nuevas formas de cooperación entre Asturias y sus comunidades exteriores.
No es un detalle menor que el congreso haya salido por primera vez del Principado.
Celebrarlo en Argentina supone llevar la gran reunión de la asturianía precisamente al país donde esa otra Asturias tiene mayor tamaño.
Y supone también reconocer una realidad histórica:
durante generaciones, una parte considerable de Asturias estuvo viviendo al otro lado del océano.
Una Santina a 10.000 kilómetros de Covadonga
La imagen de este domingo probablemente resume mejor esa historia que cualquier discurso.
Una Virgen de Covadonga instalada en Lanús.
Una plazoleta llamada Asturias.
Gaitas sonando en Buenos Aires.
Descendientes de emigrantes bailando danzas que aprendieron de padres o abuelos.
Y un centro fundado hace más de cien años tratando de convencer ahora a los veinteañeros de que todo aquello también les pertenece.
Ahí se juega realmente el futuro de la Asturias exterior.
Durante décadas, los emigrantes conservaron Asturias porque la echaban de menos.
Ahora sus descendientes tendrán que conservarla aunque muchos de ellos nunca hayan tenido que marcharse de ella.
Y ése es probablemente el verdadero reto que Barbón ha encontrado en Lanús: que después de un siglo la asturianía deje de depender del recuerdo y consiga convertirse, también para las nuevas generaciones, en una identidad con futuro.
