Laura y Dámaso: la historia detrás del crimen de Llanes que deja tres hijos huérfanos
Ella era una guardia civil de 50 años, madre de tres hijos y recordada como una compañera que nunca fallaba. Él había pertenecido al mismo cuerpo, había sido condenado por maltratarla y acababa de conocer su expulsión. Durante años, sus vidas estuvieron unidas por la familia, el uniforme, las denuncias y una violencia que terminó entrando armada en el cuartel
Laura Cruz Vega tenía 50 años, tres hijos y una vida construida alrededor de su familia y de su profesión como guardia civil. Quienes trabajaban con ella en Llanes la recuerdan como una mujer cercana, entregada y siempre disponible cuando alguno de sus compañeros necesitaba ayuda.
Dámaso tenía 49 años. Había compartido con Laura matrimonio, hijos y profesión, pero también acumulaba antecedentes por violencia de género. Había sido condenado mediante sentencia firme por maltratarla y acababa de recibir la notificación de su separación definitiva del servicio en la Guardia Civil.
El miércoles 5 de agosto, las trayectorias de ambos volvieron a cruzarse por última vez dentro del cuartel de Llanes. Él llegó desde Zamora, entró en unas instalaciones que conocía, se apoderó presuntamente del arma de otro agente y disparó contra Laura. Después trató de escapar abriendo fuego contra los compañeros que acudieron a auxiliarla.
Ella murió. Él falleció tras ser alcanzado por los disparos con los que otros guardias civiles repelieron la agresión.
Entre ambos dejaron a un hijo de 18 años y a dos hijas gemelas de 14 sin madre y sin padre.
Laura: una madre ejemplar y una compañera que siempre estaba
Laura Cruz Vega estaba destinada en el cuartel de Llanes y había desarrollado buena parte de su carrera profesional en la localidad. Después de años trabajando en tareas de Seguridad Ciudadana, prestaba servicio en las oficinas de las dependencias llaniscas.
Su entorno profesional habla de ella desde la conmoción. Sus compañeros la describen como una mujer especialmente generosa, una madre ejemplar y una agente que siempre estaba disponible cuando alguien la necesitaba.
No era únicamente una compañera de uniforme. Para quienes convivían con ella diariamente era una persona en la que se podía confiar, una mujer que había seguido trabajando, cuidando de sus hijos y tratando de reconstruir su vida a pesar de los episodios de violencia sufridos durante años.
Laura tenía tres hijos con su agresor: un joven que acababa de alcanzar la mayoría de edad y dos gemelas adolescentes. La maternidad ocupaba un lugar central en la forma en la que sus allegados la recuerdan.
La víctima estaba incluida en el sistema VioGén por las denuncias presentadas contra su expareja y había recurrido a los servicios especializados de atención a las mujeres víctimas de violencia machista. Durante un tiempo llevó además un dispositivo electrónico de protección.
Esa medida ya no estaba activa cuando fue asesinada, aunque sobre Dámaso seguía pesando la prohibición de poseer armas.
Una mujer que intentaba recuperar su vida
La relación había terminado, pero el final del matrimonio no acabó con los conflictos, el control ni el miedo.
La expareja continuaba enfrentada por cuestiones relacionadas con la custodia de sus hijos y con el patrimonio familiar. Los antecedentes de violencia habían provocado denuncias, intervenciones policiales y, al menos en alguna ocasión, la detención del agresor.
Compañeros de Laura aseguran que Dámaso la había esperado en una ocasión a la salida del propio cuartel y la había agredido. Era una muestra más de una violencia que no había desaparecido con la separación.
También se investiga otro episodio ocurrido años antes, cuando Dámaso se habría presentado en Llanes y Laura alertó a sus compañeros ante el temor de que pudiera atacarla. Los agentes localizaron posteriormente una pistola en el maletero de su vehículo.
A pesar de ese historial, Laura siguió trabajando, cuidando de sus hijos y tratando de rehacer su vida.
Quienes la conocían sostienen que Dámaso nunca aceptó perder el control sobre ella. Una obsesión que, con el paso de los años, se habría mezclado con los conflictos familiares, las denuncias, la condena judicial y la expulsión del cuerpo.
Dámaso: guardia civil, maltratador condenado y expulsado
Dámaso era de origen gallego y su último destino profesional había estado en la Comandancia de la Guardia Civil de Zamora, ciudad en la que residía desde hacía varios años.
Antes había trabajado en Llanes. Esa circunstancia le permitía conocer bien la distribución del cuartel, sus accesos y la ubicación de las viviendas y dependencias interiores.
Algunas personas que coincidieron con él lo describen como un hombre reservado y poco dado a relacionarse. Sin embargo, el dato decisivo de su perfil no está en la impresión que causaba entre sus conocidos, sino en sus antecedentes acreditados.
Había sido condenado mediante sentencia firme por un delito de violencia de género cometido contra Laura. A raíz de esa condena y del expediente disciplinario abierto dentro del Instituto Armado, se había acordado su expulsión de la Guardia Civil.
La resolución le había sido comunicada pocos días antes del asesinato.
Dámaso tenía prohibido disponer de armas. Ya no podía portar legalmente una pistola reglamentaria, pero conocía el funcionamiento interno del cuerpo y las instalaciones en las que trabajaba su expareja.
Según la reconstrucción inicial, viajó desde Zamora hasta Llanes y no utilizó la puerta principal del cuartel. Habría accedido por otro punto que conocía debido a su anterior destino en estas dependencias.
Una vez dentro, habría forzado la taquilla de un compañero para hacerse con su arma reglamentaria. Después se dirigió hacia la zona en la que se encontraba Laura.
La secuencia apunta a que su llegada a Llanes no fue fruto de un impulso instantáneo. El desplazamiento, el acceso al recinto, la búsqueda de un arma y el recorrido hasta el lugar en el que estaba su expareja dibujan una actuación preparada que deberá ser reconstruida con precisión por los investigadores.
Dos agentes, dos vidas radicalmente distintas
Laura y Dámaso habían vestido el mismo uniforme. Los dos conocían el funcionamiento de la Guardia Civil, sus protocolos y la responsabilidad que implica llevar un arma.
Pero sus recorridos habían terminado siendo opuestos.
Ella continuaba ejerciendo como servidora pública mientras afrontaba las consecuencias personales de los malos tratos.
Él había ejercido la violencia contra la mujer con la que había compartido su vida, había sido condenado por ello y acababa de ser expulsado de la Guardia Civil.
Ese contraste explica buena parte de la conmoción provocada por el crimen. Laura fue asesinada dentro del lugar en el que trabajaba, rodeada de compañeros y en unas dependencias que, en teoría, debían ofrecerle seguridad.
El agresor habría convertido el conocimiento adquirido durante su etapa como guardia civil en una ventaja para acceder al recinto y conseguir el arma que tenía prohibido portar.
El último encuentro
Poco antes de las 13:30 horas del miércoles, Dámaso llegó hasta donde se encontraba Laura y disparó contra ella.
Los agentes presentes en el cuartel escucharon las detonaciones y acudieron en su ayuda. El agresor trató de huir y abrió fuego contra ellos.
Un teniente que intentó perseguirlo recibió un disparo en una pierna y quedó herido de gravedad, aunque pudo ser estabilizado y su vida no corría peligro.
Otros efectivos respondieron a los disparos para detener la agresión. Dámaso resultó gravemente herido y falleció mientras era atendido y evacuado en una UVI móvil.
Laura no pudo ser salvada.
La escena final dejó un cuartel convertido en escenario de un asesinato machista, varios agentes obligados a disparar contra un antiguo compañero y tres jóvenes enfrentados de golpe a una pérdida irreparable.
Las señales que no consiguieron salvarla
El crimen de Llanes no se produjo sin antecedentes.
Había denuncias. Había una condena firme. Había una prohibición de armas. Laura estaba incluida en el sistema VioGén. Había utilizado un dispositivo de protección. Existían episodios anteriores de agresión y temor. El agresor había sido detenido y acababa de ser expulsado de la Guardia Civil.
Aun así, consiguió llegar hasta ella.
La investigación deberá determinar ahora cómo accedió al cuartel, cómo pudo sustraer el arma, si existían alertas recientes sobre su comportamiento y si la notificación de su expulsión pudo aumentar el riesgo para Laura.
También deberá aclararse si los sistemas de protección vigentes eran suficientes ante un agresor que conocía los protocolos policiales, tenía formación en el uso de armas y sabía cómo moverse por las instalaciones.
El asesinato abre además una pregunta especialmente incómoda: cómo pudo un hombre condenado por violencia de género, apartado del cuerpo y con una prohibición de armas entrar en un cuartel, conseguir una pistola y alcanzar a la mujer que llevaba años tratando de protegerse de él.
El recuerdo de Laura frente al relato del asesino
Conocer el perfil de Dámaso resulta necesario para comprender el crimen, sus antecedentes y los posibles fallos de protección. Pero la historia no puede convertirse únicamente en la biografía del hombre que la mató.
Laura Cruz Vega era mucho más que la víctima de un suceso.
Era una madre de tres hijos. Una guardia civil con años de servicio. Una mujer que había denunciado, que había pedido ayuda y que había intentado continuar con su vida. Una compañera a la que, según quienes trabajaron con ella, se podía acudir siempre.
Por eso, mientras la investigación reconstruye los últimos movimientos del asesino, en Llanes queda otra memoria: la de una mujer que había sobrevivido durante años a la violencia y que terminó siendo asesinada precisamente en el lugar en el que debía encontrarse protegida.
