Nuestra comunidad autónoma tiene una rica tradición relacionada con los juegos. Las generaciones de esta región, una tras otra han disfrutado en espacios comunitarios y fiestas patronales de boleras, el juego de la llave, la rana, etc. Incluso hoy día algunos de estos juegos siguen manteniéndose notablemente activos, otros aparecen de forma más anecdótica, pero no desaparecen. Del mismo modo, los terminales tecnológicos como el móvil o la Tablet, gracias a internet, han ampliado notablemente las opciones de ocio y de acceso a estos y otros juegos.
En buena parte de Asturias, una bolera podía, y aún lo hace, reunir alrededor de una partida a jugadores, familiares, amigos y a quien pasara por allí y decidiera quedarse mirando. Los bolos asturianos forman parte de una tradición que ha ido adquiriendo características propias según la zona. La cuatreada, el birle, el bolo batiente o el bolo celta son algunas de sus modalidades, cada una con sus reglas y particularidades.
Ahora basta sacar el teléfono del bolsillo. Videojuegos, plataformas audiovisuales, aplicaciones o propuestas como el casino online compiten por ese rato que antes estaba mucho más ligado a actividades presenciales. En apenas unas generaciones hemos pasado de buscar dónde se jugaba la partida a llevar buena parte del entretenimiento encima. La diferencia resulta enorme, aunque la razón para jugar se parece bastante: pasar un buen rato, medirse con otros o ponerse a prueba.
Asturias tiene sus propias formas de jugar
Entre todas ellas, la cuatreada ocupa un lugar destacado. Está especialmente arraigada en la zona central y exige bastante más que lanzar una bola y derribar bolos. La posición, la trayectoria y la técnica cuentan.
La bolera tampoco pertenece únicamente al jugador. Alrededor están quienes comentan una tirada, conocen al participante o recuerdan cómo jugaba otro hace veinte años. Esa parte social ayuda a entender por qué estas prácticas han resistido mientras otras costumbres asociadas al tiempo libre fueron desapareciendo.
La llave, por su parte, pone a prueba la puntería mediante el lanzamiento de fichas metálicas hacia una pieza situada a cierta distancia. La rana plantea otro desafío fácil de reconocer: acertar con las fichas en los diferentes huecos del tablero, con la boca de la rana como objetivo más característico. Son juegos sencillos de entender desde fuera y bastante menos sencillos de dominar cuando llega el turno de lanzar.
Buena parte de su continuidad se explica porque todavía encuentran sitio en fiestas, exhibiciones y competiciones. Ahí se produce algo difícil de conseguir guardándolos únicamente como patrimonio: alguien los ve, pregunta cómo se juega y prueba. Una tradición permanece especialmente viva cuando todavía apetece participar en ella.
Del corro alrededor de una partida al móvil
El ocio actual es distinto. Una persona puede pasar la tarde en una fiesta viendo una competición tradicional y terminar el día jugando, viendo una serie o consultando contenidos desde el sofá. Una cosa ha ido incorporándose a la otra hasta formar parte de nuestra rutina.
La pantalla, además, ha eliminado buena parte de las barreras de espacio y horario. Ya no hace falta coincidir físicamente con otros jugadores para compartir una partida. El entretenimiento se ha vuelto más individual en algunos momentos y mucho más conectado en otros. Son dos cambios que parecen contradictorios, pero que conviven a diario.
Aun así, basta acercarse a una bolera para comprobar que las formas antiguas de jugar son difíciles de trasladar a una pantalla: el lugar, la gente alrededor, los comentarios después del lanzamiento y la expectación, en vivo, antes de que la bola llegue a los bolos. Asturias ha cambiado su manera de entretenerse, pero todavía guarda juegos capaces de contar de dónde viene.
