Faltas como “abances” o “surga”, errores de puntuación, sintaxis deficiente y problemas de comprensión lectora han marcado una convocatoria con fuerte volumen de suspensos. La polémica ya no va solo de oposiciones: abre una pregunta incómoda sobre el nivel de quienes aspiran a enseñar a las próximas generaciones
Las oposiciones al cuerpo de maestros en Asturias han dejado de ser un proceso administrativo para convertirse en un síntoma. Y el síntoma es inquietante: una parte de los aspirantes que quieren enseñar a niños de Primaria ha tropezado en lo más básico de la lengua escrita.
La Consejería de Educación ha atribuido buena parte del elevado número de suspensos a faltas de ortografía, errores de puntuación, problemas de sintaxis, deficiencias de comprensión lectora y preparación insuficiente. Entre los ejemplos detectados figuran formas como “abances”, “surga” o “llendo”, errores que no son simples despistes si aparecen en una prueba de acceso a la docencia. Porque aquí no hablamos de escribir rápido en WhatsApp. Hablamos de personas que aspiran a enseñar a leer, escribir, razonar y expresarse.
La convocatoria asturiana ofrecía 324 plazas para el cuerpo de maestros: 301 de ingreso general y 23 reservadas al turno de discapacidad, según la resolución publicada en el Boletín Oficial del Principado de Asturias. Pero el dato que ha encendido las alarmas es otro: más del 30% de los aspirantes no se presentó o abandonó el aula a los quince minutos; en algunas especialidades con más opositores, ese porcentaje superó el 43%, según fuentes de la Consejería recogidas por Magisterio.
La ortografía ya contaba. Y estaba avisado
La penalización por faltas de ortografía no apareció por sorpresa en la corrección. Figuraba en los criterios del procedimiento selectivo: 0,2 puntos menos por cada falta, con un máximo de 1 punto en pruebas calificadas de 0 a 5 y de 2 puntos en las calificadas de 0 a 10. Los criterios también contemplaban que errores gramaticales, sintácticos, morfosintácticos, ortográficos o léxicos pudieran afectar seriamente a la calificación.
Además, la propia guía sindical del proceso recordaba la estructura de la oposición: primera prueba con parte práctica y desarrollo escrito de un tema, ambas calificadas de 0 a 5; necesidad de alcanzar al menos 1,25 puntos en cada parte para que sumasen; y obligación de llegar a un 5 para pasar a la segunda prueba.
Es decir: no era una letra pequeña escondida en una cueva. Estaba escrito. Y precisamente ese es el fondo del asunto: si un futuro maestro no puede superar una prueba escrita sin acumular errores graves, el problema ya no es solo suyo. Es del sistema que lo ha formado, lo ha titulado y lo ha llevado hasta la puerta de una oposición.
La Consejería habla de “preparación insuficiente”
Educación sostiene que los tribunales han detectado “preparación insuficiente”, mal uso de signos de puntuación, errores de sintaxis y dificultades de comprensión lectora. También apunta que las faltas de ortografía han sido una de las causas relevantes de los suspensos. Según esa misma versión institucional, los tribunales se han visto sorprendidos por la situación y consideran necesario analizar el origen de los resultados para mejorar futuras convocatorias.
Los sindicatos, por su parte, han cuestionado el procedimiento y reclaman más transparencia, revisión efectiva de los exámenes y garantías para los aspirantes. CC OO ha denunciado públicamente “oscurantismo” y ha pedido que se publique el desglose de calificaciones y que se habilite una revisión antes de la segunda prueba.
Son dos debates distintos. Uno es el derecho de los opositores a reclamar con garantías. Ese derecho debe estar blindado. El otro es el nivel real mostrado en las pruebas. Y ahí la discusión no puede taparse con burocracia: si hay faltas graves en masa, hay que hablar del elefante en el aula.
No es solo Asturias: el sistema educativo español lleva años dando señales
El caso asturiano golpea más porque Asturias suele aparecer bien situada en evaluaciones educativas. En TIMSS 2023, por ejemplo, Asturias figuró entre las comunidades con mejores resultados, e incluso lideró ciencias entre las regiones con muestra ampliada. Pero el episodio de las oposiciones conecta con un deterioro más amplio de competencias básicas en España.
En PISA 2022, el alumnado español de 15 años obtuvo 473 puntos en matemáticas, 474 en lectura y 485 en ciencias. El Ministerio lo presentó como un resultado en línea con las medias internacionales, pero también es cierto que España registró su peor dato histórico en matemáticas y bajó en lectura respecto a ediciones anteriores.
En TIMSS 2023, que mide matemáticas y ciencias en 4º de Primaria, España obtuvo 498 puntos en matemáticas y 504 en ciencias. La comparación internacional no invita precisamente a abrir sidra: la media OCDE fue de 525 en matemáticas y 526 en ciencias; la media de la UE, de 514 y 513 respectivamente.
Y en PIRLS 2021, centrado en comprensión lectora en Primaria, España alcanzó 521 puntos, por debajo del promedio OCDE-28, situado en 533, y del total de la UE, situado en 528.
Traducido: los alumnos llegan con grietas en lectura, matemáticas y ciencias. Y ahora una oposición a maestros muestra que parte de quienes quieren enseñarles también llega con grietas en expresión escrita. Mala combinación. Como poner a arreglar goteras a alguien que viene con el paraguas roto.
El abandono mejora, pero España sigue lejos de Europa
Hay datos positivos. El abandono educativo temprano cayó en España hasta el 12,8% en 2025, mínimo histórico y muy lejos del 20% de 2015. Pero sigue por encima del objetivo europeo del 9% para 2030 y mantiene una brecha de género notable: 15,9% entre hombres y 9,5% entre mujeres.
La Comisión Europea también advierte de una anomalía estructural española: mucha población con estudios superiores, pero también demasiada población adulta con baja cualificación. En 2024, el 42% de los adultos en España tenía educación superior, por encima de la media de la UE, pero el 35,1% mantenía baja cualificación, frente al 19,6% europeo; además, España tenía el menor porcentaje de cualificación intermedia de toda la UE.
Ese dato explica parte del problema: España produce títulos, sí. Pero el título no siempre garantiza dominio real de competencias básicas.
La inflación de notas también alimenta la sospecha
Otro fenómeno incómodo es la inflación de calificaciones. En Bachillerato, el porcentaje de alumnos con media de sobresaliente llegó al 25,5% en 2021 y se situó en el 20,6% en 2024 entre quienes se presentaron a la PAU ordinaria, frente al 13,3% de 2015.
No es exactamente el mismo tramo educativo ni afecta directamente a las oposiciones de maestros, pero forma parte del mismo clima: un sistema que muchas veces promociona, titula y maquilla resultados antes de asegurar que las competencias esenciales están sólidamente adquiridas.
Y cuando llega una prueba dura, escrita, anónima y con penalización ortográfica, aparece la realidad. Cruel, pero realidad.
El verdadero escándalo no es suspender: es no detectar antes el problema
Suspender una oposición no convierte a nadie en mal profesional. Una prueba puede salir mal. Hay nervios, presión, mala gestión del tiempo y tribunales más o menos exigentes. Eso hay que tenerlo claro para no caer en la carnicería fácil.
Pero otra cosa muy distinta es que en un proceso de acceso a la docencia aparezcan errores básicos de ortografía, puntuación, sintaxis y comprensión lectora en un volumen suficiente como para que la propia Administración lo señale como causa relevante de los suspensos.
Ahí el escándalo no es que el tribunal suspenda. El escándalo es que algunos aspirantes hayan llegado hasta ahí sin que nadie les dijera antes, con claridad y consecuencias, que no estaban preparados.
Qué debería cambiar
La primera medida es obvia: transparencia total en las correcciones. Los opositores deben poder revisar sus exámenes, conocer el desglose de puntuaciones y reclamar con garantías reales. Si hay errores de tribunal, deben corregirse sin perjudicar al aspirante.
La segunda es igual de clara: la ortografía, la expresión escrita y la comprensión lectora no pueden ser un adorno en la formación docente. Deben ser filtro de entrada, seguimiento durante el grado y requisito de salida. Quien va a enseñar Primaria debe escribir con corrección, entender lo que lee y explicar con claridad. No es elitismo. Es el mínimo sindical del oficio.
La tercera: más práctica real y evaluación externa durante la formación universitaria. No basta con aprobar asignaturas. Hay que comprobar si el futuro maestro sabe redactar, argumentar, programar una clase, explicar un problema y corregir un texto infantil sin cometer él mismo otro error.
La cuarta: no rebajar el listón para cubrir plazas. Asturias necesita docentes, claro que sí. Pero cubrir plazas no puede significar bajar la persiana y hacer como que no pasa nada. Si una plaza pública consiste en educar niños, el listón debe ser alto. No cruel, pero alto.
La quinta: revisar el modelo de oposición sin convertirlo en una tómbola. Puede haber mejoras en garantías, criterios, tiempos y reclamaciones. Pero si la solución al suspenso masivo es suavizar la exigencia ortográfica, entonces no hemos entendido nada.
Los que enseñan también deben saber
El caso de Asturias duele porque toca una fibra profunda: la confianza en la escuela. Los padres dejan a sus hijos en manos de maestros para que aprendan a leer, escribir, pensar y convivir. Si quienes aspiran a esa tarea escriben “llendo”, “surga” o “abances”, no estamos ante una anécdota simpática de redes sociales. Estamos ante una alarma.
La educación española no se hunde por una falta de ortografía. Se deteriora cuando dejamos de considerar grave que esa falta llegue tan lejos. Se deteriora cuando aprobar pesa más que aprender. Se deteriora cuando el título importa más que la competencia. Y se deteriora, sobre todo, cuando quienes deben enseñar lo básico no dominan lo básico.
Asturias tiene ahora una oportunidad: no convertir esta polémica en una guerra entre opositores, sindicatos y Administración, sino en una revisión seria del acceso a la docencia. Porque una sociedad puede sobrevivir a muchos errores. Pero no a que quienes tienen que enseñar a escribir no sepan escribir.
