Natural de El Faedal, en Valdés, y profundamente ligado a la cultura vaqueira, el popular hostelero llevó durante décadas la fabada, la sidra, el cachopo y el orgullo asturiano al corazón de la capital
La hostelería asturiana dentro y fuera del Principado despide a una de esas figuras que no pasan de puntillas. Nicolás Parrondo García, dueño del conocido restaurante Casa Parrondo de Madrid, falleció este lunes, 29 de junio, en la capital de España. Su nombre queda unido a una forma muy reconocible de entender el oficio: trabajo incansable, carácter, producto asturiano, mesa abundante y una defensa casi emocional de sus raíces valdesanas.
Los restos mortales del empresario reposan en el Tanatorio M40 de Madrid, situado en la Avenida de los Rosales, 36, donde está prevista la ceremonia de despedida, según la información funeraria pública consultada.
Nacido en El Faedal, en la parroquia valdesana de Muñás, Parrondo pertenecía a esa Asturias que emigró con una maleta pequeña y una determinación enorme. Llegó a Madrid siendo muy joven y empezó desde abajo, en la cocina, hasta levantar un nombre propio en la restauración madrileña. Su historia fue la de tantos asturianos que salieron de casa para ganarse la vida, pero que nunca se fueron del todo: él convirtió su restaurante en una prolongación de su tierra.
De El Faedal al centro de Madrid
Casa Parrondo acabó siendo mucho más que un restaurante asturiano. Fue punto de encuentro para asturianos en Madrid, refugio gastronómico para nostálgicos de la tierrina y parada casi obligada para quienes buscaban comida del norte sin disfraces. La casa, ubicada en la calle Trujillos, 9, muy cerca de Sol, se presenta como restaurante y sidrería asturiana en pleno centro de Madrid y presume de más de 40 años de tradición.
La carta refleja bien esa identidad: fabada asturiana, fabes con almejas, pote, verdinas con marisco, chorizo a la sidra, patatas al Cabrales, pastel de cabracho, cachopo de ternera, merluza a la sidra y carnes asturianas. La propia web del establecimiento destaca también su sidrería, situada frente al restaurante, como espacio de tapeo, raciones y sidra.
El suyo era un local de mantel, barra, madera, botellas a la vista y una idea muy clara: que Asturias se comiera, se bebiera y se reconociera nada más cruzar la puerta. No era cocina asturiana de escaparate. Era cocina de raíz, de abundancia y de orgullo.
Un embajador asturiano con bigote, genio y memoria
Nicolás Parrondo no ocultaba nunca de dónde venía. Al contrario: lo llevaba por delante. En 2019, el programa Aquí la Tierra, de RTVE, lo presentó como “el asturiano” que, por muchos años que llevara en Madrid, seguía teniendo a mano productos de su tierra y esa identidad asturiana imposible de borrar.
Su vínculo con Valdés y con el mundo vaqueiro fue constante. Participaba en la Vaqueirada de Aristébano, acudía a El Faedal en verano y había sido reconocido como Vaqueiro de Honor. En una entrevista publicada por La Hora de Asturias, se recordaba su origen en la braña valdesana de El Faedal de Muñás y su fidelidad anual a la fiesta vaqueira, además del lema que durante años acompañó a su casa: “Para comer abondo, Casa Parrondo”.
Ese arraigo explica por qué su fallecimiento no se siente solo en Madrid. La noticia golpea también en Valdés, en Luarca, en Salas y en todos esos lugares de Asturias donde Parrondo seguía siendo “Nicolás, el de Casa Parrondo”, pero también “Nicolás, el de El Faedal”.
El restaurante que llevó el Campanu a Madrid
Uno de los episodios que mejor retrata la dimensión simbólica de Casa Parrondo fue su relación con el Campanu de Asturias, el primer salmón de la temporada, una pieza que en Asturias es mucho más que pescado: es tradición, subasta, río, prestigio y liturgia gastronómica.
En 2005, Nicolás Parrondo adquirió para Casa Parrondo el Campanu pescado por Juan Manuel Mori, “El Marqués”, en el río Eo. La pieza pesó 4,8 kilos y alcanzó los 13.200 euros, una cifra de enorme impacto para la época.
No fue una anécdota aislada. La organización de la Subasta del Campanu recoge también que Casa Parrondo volvió a hacerse con el salmón en 2010, en aquella ocasión por 10.000 euros, con una pieza de 6,2 kilos procedente del río Narcea.
Aquellas pujas tenían algo de gesto empresarial, claro, pero también de declaración de principios: llevar a Madrid lo mejor de Asturias, hacerlo visible y darle categoría de acontecimiento.
Un refugio para la asturianía en la capital
Casa Parrondo fue durante décadas uno de esos lugares donde la diáspora asturiana se reconocía. Allí acudieron clientes anónimos, empresarios, políticos, deportistas y visitantes que querían una mesa de cocina asturiana en pleno Madrid. El Real Oviedo, por ejemplo, fue recibido en el restaurante durante una estancia del equipo en la capital; el propio club destacó entonces que Nicolás Parrondo, asturiano afincado desde hacía décadas en Madrid, aprovechó aquella visita para mostrar su apoyo al conjunto azul.
Ese detalle resume bien su perfil: Parrondo no era solo un hostelero que servía fabada. Era un asturiano ejerciendo de asturiano a jornada completa. En la puerta, en la barra, en la mesa y en el trato.
Una vida hecha a base de trabajo
Su trayectoria empresarial también deja rastro documental. En registros mercantiles aparece vinculado a varias sociedades, entre ellas El Faedal SL, nombre que remite de forma directa a su pueblo natal, y figura con distintos cargos empresariales a lo largo de los años.
Pero su verdadera biografía no cabe en un registro. Está en las horas de cocina, en los servicios interminables, en las comandas de sidra, en los platos saliendo a mesa, en los clientes que repetían y en esa energía tan propia de la hostelería clásica: la de quien sabe que un restaurante no se sostiene solo con producto, sino con presencia, carácter y memoria.
Nicolás Parrondo pertenecía a una generación de hosteleros de raza, de los que entendían el negocio como una extensión de la personalidad. Y la suya era grande, reconocible, imposible de confundir.
Asturias pierde una voz fuera de casa
Con su fallecimiento, Asturias pierde a uno de sus embajadores gastronómicos más visibles en Madrid. No fue cocinero de laboratorio ni empresario de silencios elegantes. Fue otra cosa: un hostelero de raíz, de barra viva, de mesa llena y de Asturias por bandera.
En tiempos en los que la cocina regional corre el riesgo de convertirse en postal, Parrondo defendió la versión más directa y popular de la gastronomía asturiana: fabada, sidra, cuchara, carne, pescado del norte, conversación y abundancia. Lo suyo era comer bien y salir sabiendo de dónde venía aquello.
Nicolás Parrondo se va en Madrid, pero su historia queda repartida entre dos lugares que nunca separó del todo: la capital donde hizo fortuna profesional y el Valdés del que nunca dejó de presumir. Entre ambos levantó su casa. Y en esa casa, durante décadas, Asturias tuvo mesa puesta.
