Un gol agónico de Mikel Merino desató la euforia en bares, terrazas y sidrerías del Principado en una noche de tensión, nervios y alivio ante la Portugal de Cristiano Ronaldo
Asturias vivió anoche uno de esos partidos que empiezan con cena improvisada, siguen con uñas comidas y acaban con media sidrería abrazándose a quien tiene al lado. España eliminó a Portugal del Mundial 2026 con un gol de Mikel Merino en el minuto 91 y se metió en cuartos de final tras una noche cerrada, sufrida y resuelta cuando el partido parecía condenado a la prórroga. Fue un 0-1 de los que no se olvidan: poco brillo, mucho oficio y una explosión final que en Asturias se celebró como se celebran aquí estas cosas, entre culinos, terrazas llenas, televisores a todo trapo y algún “¡ya era hora, ho!” perfectamente comprensible.
El derbi ibérico se jugó en el Estadio de Dallas, en Arlington, ante más de 70.000 espectadores, pero también se disputó —a su manera— en Oviedo, Gijón, Avilés, Mieres, las cuencas y tantos pueblos asturianos donde el Mundial se siguió en bares y casas con la intensidad propia de una eliminatoria grande. El partido arrancó a las 21.00 horas en España, horario perfecto para que la noche asturiana se convirtiera en una mezcla de previa futbolera, cena larga y tensión creciente. Algunos locales del Principado habían anunciado pantallas, ambiente mundialista y apertura especial para seguir el Portugal-España, con ejemplos en Gijón, Oviedo y Mieres.
No fue una victoria cómoda. España dominó por fases, quiso mandar desde el centro del campo y volvió a encontrar en Rodri una figura de autoridad, pero Portugal avisó lo suficiente como para que nadie en Asturias se levantara tranquilo a por otra ronda. Unai Simón tuvo trabajo serio, Cristiano Ronaldo rozó el gol y Joao Félix también obligó a España a apretar los dientes. En el otro lado, Diogo Costa sostuvo a Portugal ante los intentos españoles, mientras la selección de Luis de la Fuente maduraba el partido sin encontrar el golpe definitivo.
En Asturias, la sensación fue muy reconocible: primero confianza, luego silencio, después resoplidos. Cada pérdida en campo propio se vivía como una pequeña tragedia. Cada carrera de Lamine Yamal levantaba el volumen de las terrazas. Cada balón dividido parecía llevar dentro medio Mundial. No era solo un España-Portugal: era un cruce de vecinos, de memoria futbolística, de orgullo ibérico y de fantasmas recientes. Y enfrente estaba Cristiano Ronaldo, 41 años, probablemente ante su última noche mundialista. Eso agrandaba todavía más el partido.
La jugada que cambió la noche llegó cuando el reloj ya empujaba hacia la prórroga. Mikel Merino, recién entrado, encontró el espacio justo, Ferran Torres filtró el pase y el centrocampista remató con sangre fría para superar a Diogo Costa. Minuto 91. España 1, Portugal 0. En Dallas, los jugadores corrieron hacia la esquina. En Asturias, los bares saltaron. No hizo falta un marcador abultado: bastó ese gol tardío, casi cruel para Portugal y liberador para España, para que la tensión acumulada durante hora y media reventara de golpe.
La escena tuvo además aroma de déjà vu. Merino volvió a aparecer en una noche decisiva, como ya había hecho ante Alemania en la Eurocopa de 2024. Otra vez el mismo futbolista en el momento justo. Otra vez España agarrándose a un centrocampista con alma de delantero cuando el partido pedía una solución fuera del guion. Luis de la Fuente lo resumió con claridad al elogiar a Merino como un jugador que siempre aparece cuando cuenta de verdad.
Portugal tuvo todavía una última ocasión para helar la celebración. Bernardo Silva cabeceó por encima del larguero en el descuento y durante un segundo volvió ese silencio de “no fastidies ahora”. Pero no. Esta vez España resistió. El pitido final confirmó la clasificación y dejó una imagen poderosa: la selección española avanzando a cuartos y Cristiano Ronaldo despidiéndose del Mundial con gesto abatido, en una noche que puede marcar el final de una era.
Para Asturias, la victoria tuvo algo de alivio colectivo. No fue una exhibición para salir dando lecciones tácticas en la barra, aunque alguno lo intentaría, faltaría más. Fue una victoria de las que se sufren y se saborean después. De las que hacen que el comentario pase rápido del “hoy no estamos finos” al “estos partidos también hay que ganarlos”. Y España lo ganó como ganan los equipos que empiezan a creerse candidatos: sin jugar su mejor partido, sin perder la cabeza y golpeando justo cuando el rival ya pensaba en media hora más de castigo.
El triunfo devuelve a España a los cuartos de final de un Mundial por primera vez desde Sudáfrica 2010, una referencia que inevitablemente alimenta la ilusión. La selección no solo eliminó a Portugal; también superó una barrera psicológica que se había atragantado durante demasiados torneos. Ahora espera Bélgica, el próximo gran examen, en un cruce que medirá si esta España está simplemente sobreviviendo o si de verdad empieza a caminar con pinta de aspirante seria.
En Asturias, la noche acabó tarde, como tenía que acabar. Con comentarios cruzados, teléfonos ardiendo, vídeos de celebraciones, mensajes en grupos familiares y ese punto de orgullo que aparece cuando la selección gana una eliminatoria grande. No hubo goleada, no hubo paseo y no hubo tranquilidad. Hubo algo bastante mejor para una crónica mundialista: agonía, gol en el 91 y una región entera soltando el aire al mismo tiempo.
España sigue viva. Asturias también juega este Mundial desde la distancia. Y después de lo de anoche, lo hace con el cosquilleo peligroso de quien empieza a pensar que, igual, esto va en serio.
