¿Por qué las fiestas de Asturias son diferentes? Ocho tradiciones que convierten agosto en una folixa continua

¿Por qué las fiestas de Asturias son diferentes Ocho tradiciones que convierten agosto en una folixa continua

Aquí las piraguas se persiguen en tren, las carrozas navegan por el río, miles de personas escancian al mismo tiempo y los pueblos regresan durante unas horas a la Edad Media. Estas son las celebraciones que explican por qué agosto se vive de otra manera en Asturias

En Asturias una fiesta no consiste solamente en colocar una orquesta, abrir una barra y esperar a que llegue la noche. Puede empezar con un cañonazo junto a un río, continuar dentro de un tren repleto de aficionados y terminar en una romería multitudinaria. Puede obligar a levantar una caseta en un prao, construir una embarcación imposible, caminar cargado de comida hasta una ermita o vestirse como si el calendario hubiera retrocedido cinco siglos.

Cada concejo conserva su propia forma de celebrar el verano. Hay fiestas nacidas del río, del mar, de la sidra, de los quesos, de las antiguas romerías y de acontecimientos históricos que los vecinos se resisten a dejar encerrados en los libros.

Agosto es el mes en que todas esas tradiciones salen a la calle al mismo tiempo. Algunas reúnen a decenas de miles de personas; otras conservan una escala más íntima. Pero casi todas tienen algo que no se puede copiar fácilmente fuera de Asturias.

Estas son ocho costumbres que explican por qué las fiestas asturianas son diferentes.

1. Perseguir una carrera de piraguas dentro de un tren

El Descenso Internacional del Sella no se limita a enfrentar a los mejores piragüistas en los veinte kilómetros que separan Arriondas de Ribadesella. La competición está rodeada de un ceremonial propio que comienza mucho antes de que las embarcaciones toquen el agua.

La salida se anuncia en verso. Después llega el cañonazo y centenares de piraguas comienzan a descender por el río mientras, en paralelo, el Tren Fluvial avanza cargado de aficionados.

Esa imagen resume buena parte de la singularidad del Sella: una prueba deportiva internacional seguida desde un ferrocarril que acompaña a los participantes, con paradas desde las que el público puede contemplar distintos momentos de la carrera.

El espectáculo no termina en la meta. La celebración continúa en Ribadesella y en los Campos de Oba, donde la competición acaba transformándose en una romería. Deporte, paisaje, tradición ferroviaria y fiesta se mezclan en una jornada que no se parece a ninguna otra.

La 88.ª edición se celebrará el sábado 8 de agosto.

2. Construir una ciudad que solo existe durante unas horas

El Xiringüelu transforma cada verano el Prau Salcéu, en Pravia, en una especie de poblado festivo levantado por las propias peñas.

Las casetas no son un simple elemento decorativo. Se convierten en la casa temporal de cada grupo, el lugar donde se come, se bebe sidra, se recibe a los amigos y se guarda todo lo necesario para sobrevivir a una de las romerías más multitudinarias de Asturias.

Durante semanas, las peñas preparan la jornada, organizan sus espacios y diseñan la manera de diferenciarse de las demás. El domingo, aquel prao deja de ser un terreno vacío y se convierte en una ciudad efímera de madera, lonas, mesas, charangas y miles de romeros.

Cuando termina la fiesta, el poblado desaparece. Solo quedan el recuerdo, las fotografías y la certeza de que habrá que volver a construirlo al año siguiente.

La jornada grande del Xiringüelu se celebrará el domingo 9 de agosto.

3. Fabricar una carroza sabiendo que tendrá que navegar

En muchas fiestas se construyen carrozas para recorrer las calles. En Pola de Laviana existe una dificultad añadida: las carrozas tienen que descender por el río Nalón.

Las peñas pasan semanas diseñando embarcaciones temáticas en las que se mezclan la sátira, la actualidad, los disfraces y una ingeniería artesanal que no siempre resiste hasta el final del recorrido.

Ese riesgo forma parte del espectáculo. Algunas estructuras avanzan con sorprendente dignidad; otras se inclinan, se desmontan o terminan dejando a sus tripulantes en el agua. El público se concentra en las orillas para contemplar una procesión fluvial en la que importa tanto la creatividad como la capacidad de mantenerse a flote.

El Descenso Folclórico del Nalón demuestra que una fiesta asturiana puede convertir un río en escenario, carretera y pista de pruebas al mismo tiempo.

La edición de este año está prevista para el sábado 22 de agosto.

4. Caminar hasta una romería con la comida a cuestas

San Timoteo, en Luarca, conserva una de las costumbres esenciales de las fiestas de prao: acudir al campo con todo lo necesario para pasar el día.

El 22 de agosto, las peñas comienzan temprano el camino hacia la ermita. Llevan comida, bebida, mesas, bolsas, mantas y, en muchos casos, una organización logística digna de una pequeña expedición.

El trayecto forma parte de la fiesta. No se trata únicamente de llegar, sino de hacerlo en grupo, encontrarse con otras peñas y participar en una peregrinación festiva que termina ocupando el campo de San Timoteo.

La jornada combina tradición religiosa, romería campestre, música y convivencia. La víspera, Luarca vive una noche de fuegos artificiales y verbena. Después llega el día grande, cuando buena parte de la villa cambia las calles por el prao.

5. Escanciar sidra entre miles de personas

Escanciar un culín es un gesto cotidiano en Asturias. Hacerlo al mismo tiempo que miles de personas lo convierte en una de las imágenes más reconocibles del verano gijonés.

La Fiesta de la Sidra Natural reúne durante varios días a llagares, hosteleros, escanciadores y aficionados. Degustaciones, concursos y actividades relacionadas con la cultura sidrera ocupan distintos puntos de la ciudad.

El momento más multitudinario llega en la playa de Poniente. Miles de participantes levantan las botellas y tratan de escanciar simultáneamente siguiendo una cuenta atrás.

La escena combina precisión y caos. Hay que colocar correctamente el vaso, elevar la botella, calcular la distancia y conseguir que buena parte de la sidra llegue a su destino. El récord importa, pero también la imagen de una ciudad entera celebrando uno de los símbolos de Asturias.

La fiesta se desarrollará entre el 20 y el 30 de agosto.

6. Convertir un puerto pesquero en la España del siglo XVI

Tazones no necesita construir un decorado para recrear el desembarco de Carlos V. El propio pueblo, con su puerto y sus calles estrechas, proporciona el escenario.

La celebración recuerda la llegada del joven monarca a la costa asturiana en 1517. Durante unas horas aparecen soldados, marineros, comerciantes y vecinos vestidos de época. Las fachadas se engalanan y el desembarco vuelve a representarse ante el público.

La fiesta convierte un episodio histórico en una experiencia colectiva. No se limita a contar que Carlos V llegó a Asturias, sino que permite contemplar cómo pudo producirse aquella entrada inesperada en un pequeño puerto del Cantábrico.

La fuerza de la recreación está en el paisaje. El mar, las embarcaciones y las casas de Tazones hacen que la frontera entre representación e historia parezca mucho más estrecha.

El desembarco se celebrará durante el último fin de semana de agosto.

7. Subastar un queso como si fuera una obra de arte

En Arenas de Cabrales, el queso deja de ser solamente un alimento para convertirse en protagonista absoluto de una jornada.

El Certamen del Queso de Cabrales reúne a productores, visitantes y profesionales interesados en uno de los productos más conocidos de Asturias. Durante la mañana se exponen y valoran las piezas presentadas al concurso.

Después llega el momento más esperado: la subasta del queso ganador.

En los últimos años, las pujas han alcanzado cantidades capaces de dar la vuelta al mundo. Pero detrás de la cifra espectacular permanece la verdadera historia: el trabajo de los productores, la maduración en cuevas naturales, la leche utilizada y una tradición ganadera estrechamente ligada a los Picos de Europa.

El certamen se celebrará el domingo 30 de agosto.

8. Celebrar una romería con el Cantábrico como escenario

La Regalina, en Cadavéu, reúne varios de los elementos más característicos de las romerías asturianas: trajes tradicionales, música, bailes, comida compartida y una ermita situada en un paisaje difícil de olvidar.

La celebración tiene lugar sobre un promontorio abierto al mar. El Cantábrico no funciona como fondo, sino como parte esencial de la fiesta.

Los participantes recorren el pueblo, acompañan la procesión y se reúnen después en el campo para comer y disfrutar de la música. La jornada mantiene un ambiente familiar y tradicional que contrasta con las grandes celebraciones multitudinarias del verano.

La Regalina demuestra que una fiesta no necesita reunir a decenas de miles de personas para convertirse en una de las imágenes más representativas de Asturias.

También se celebrará el domingo 30 de agosto.

Ríos, praos, sidra y memoria

Las fiestas asturianas son diferentes porque no podrían celebrarse del mismo modo en otro lugar.

El Sella necesita su río y su tren. El Xiringüelu necesita el Prau Salcéu y las casetas de las peñas. El Descenso del Nalón necesita embarcaciones construidas para desafiar la lógica. San Timoteo necesita el camino hacia la ermita. La Fiesta de la Sidra necesita miles de botellas elevadas frente al mar. Tazones necesita su puerto. Cabrales necesita sus cuevas y sus productores. La Regalina necesita el acantilado sobre el Cantábrico.

Son celebraciones vinculadas al territorio, no espectáculos transportables. Por eso muchas han sobrevivido durante generaciones y continúan movilizando a quienes viven en Asturias y a quienes regresan cada verano.

Agosto no es solamente el mes con mayor número de fiestas. Es el momento en que Asturias recuerda quién es mientras come en un prao, sigue unas piraguas, levanta una botella de sidra o contempla cómo una carroza intenta cruzar un río sin hundirse.

Y cuando termina una fiesta, casi siempre ya está empezando la siguiente.

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