La cooperativa asturiana recibe el Premio Alimentos de España a la Producción Ecológica tras una década creando empleo, transformando materias primas y demostrando que también es posible levantar una industria alimentaria desde un pequeño concejo rural
CABRANES.— Una pequeña cooperativa nacida para resolver un problema tan básico como disponer de una cocina legalizada ha terminado conquistando uno de los principales reconocimientos de la alimentación española.
El Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación ha concedido a Kikiricoop Sociedad Cooperativa Asturiana, asentada en Cabranes, el Premio Alimentos de España 2026 a la Producción Ecológica. El galardón distingue un modelo que combina transformación agroalimentaria, economía social, producción certificada, empleo rural y utilización de materias primas vinculadas al territorio.
El premio coloca en el mapa nacional una iniciativa que trabaja lejos de los grandes centros industriales y comerciales. Kikiricoop produce desde Santolaya de Cabranes, un concejo de poco más de mil habitantes en el que mantener empleo estable, encontrar proveedores, distribuir mercancías o cumplir las exigencias sanitarias supone un esfuerzo mucho mayor que en una ciudad.
Su éxito no se explica únicamente por la popularidad de Asturcilla, su crema ecológica de cacao y avellanas. Detrás del producto existe una historia de cooperación entre pequeños proyectos, inversiones compartidas, catering para eventos y colectividades, alimentación escolar y construcción de una red agroecológica local.
Una cooperativa nacida de la necesidad
Kikiricoop surgió en 2016 de la unión de dos iniciativas anteriores: Asturcilla y Con-Fusión Comidas.
Asturcilla había comenzado como un proyecto para recuperar el aprovechamiento de la avellana asturiana, un cultivo tradicional que fue perdiendo presencia pese a su adaptación al territorio y a su valor alimentario. La idea inicial nació a partir del trabajo del Grupo del Avellano del Centro de Desarrollo Rural El Prial.
Con-Fusión Comidas, por su parte, desarrollaba un servicio de catering ecológico, con especial atención a la cocina vegetariana y a personas con alergias, intolerancias o necesidades alimentarias específicas.
Ambos proyectos se encontraron con el mismo obstáculo: para elaborar y vender alimentos legalmente necesitaban una cocina profesional, un registro sanitario, equipamiento, controles, seguros y una estructura administrativa que resultaba difícil de sostener por separado.
La respuesta fue unirse.
Cinco personas fundaron una cooperativa de trabajo asociado y compartieron el coste del obrador, las instalaciones y la gestión. La fórmula les permitió transformar una barrera administrativa en la base de un proyecto empresarial común.
El primer gran logro de Kikiricoop, por tanto, no fue fabricar un producto concreto. Fue crear la infraestructura legal y material necesaria para que varias personas pudieran ganarse la vida elaborando alimentos desde Cabranes.
De cinco fundadores a una pequeña estructura laboral
La cooperativa nació con cinco socios. Una década después, su composición ha cambiado: actualmente cuenta con tres socios y tres o cuatro trabajadores fijos, a los que se suma personal eventual cuando aumenta la actividad del catering.
Si se incorpora el empleo de Funginatur, proyecto asociado dedicado a las setas y otros productos vegetales, el ecosistema empresarial construido alrededor de las instalaciones reúne aproximadamente a una decena de personas.
La cifra puede parecer modesta comparada con la plantilla de una gran industria alimentaria, pero adquiere otra dimensión en un municipio rural. Cada puesto permite que una persona o una familia permanezca en el territorio, utilice sus servicios, escolarice allí a sus hijos y mantenga actividad económica durante todo el año.
Ese es uno de los elementos que diferencia a Kikiricoop. La producción no se ha trasladado a un polígono de la zona central de Asturias para facilitar la distribución. La cooperativa ha mantenido su centro de trabajo en Cabranes porque su objetivo no es únicamente vender alimentos, sino generar una forma de vida vinculada al lugar donde residen sus integrantes.
Mucho más que Asturcilla
La elaboración más conocida de Kikiricoop es Asturcilla, una crema untable certificada como ecológica por el Consejo de la Producción Agraria Ecológica del Principado de Asturias.
Su formulación incluye leche ecológica, avellana, panela, aceite de girasol y cacao. La leche y parte de las avellanas proceden de Asturias, mientras que otros ingredientes se adquieren a productores ecológicos o mediante canales de comercio justo.
La disponibilidad de avellana local, sin embargo, no siempre permite cubrir toda la demanda. La escasa producción comercial asturiana obliga a completar el abastecimiento con proveedores de otros territorios. En los últimos años, además, la sequía afectó gravemente a plantaciones ecológicas de Cataluña, otro de los lugares donde la cooperativa compraba avellana.
A esa dificultad se añadió el encarecimiento del cacao, cuyo precio llegó a multiplicarse como consecuencia de los problemas climáticos sufridos por los principales países productores.
Estas tensiones muestran una realidad menos visible que la imagen amable de los alimentos artesanales. Una pequeña empresa carece de la capacidad de compra, almacenamiento y negociación de una multinacional. Cuando una cosecha falla o una materia prima se dispara, dispone de menos margen para absorber el incremento sin trasladarlo al precio final.
Kikiricoop también prepara turrones, polvorones y otras elaboraciones estacionales. Su segunda gran actividad es el catering ecológico para celebraciones, eventos y colectividades, una línea que permite diversificar los ingresos y sostener empleo más allá de la fabricación de productos envasados.
La cooperativa participa igualmente en proyectos relacionados con comedores escolares rurales y presta el servicio de alimentación al colegio público de Santolaya. De esta manera, una parte de su producción regresa directamente a la comunidad en la que se encuentra instalada.
Una red para que los pequeños puedan competir
Kikiricoop forma parte, junto con Funginatur, de la Cooperativa Agroecológica de Cabranes. Esta segunda estructura permite compartir servicios, instalaciones, reparto, asesoramiento y comercialización.
Funginatur trabaja con setas, hongos, conservas, patés vegetales y elaboraciones con arándanos. Aunque sus productos no deben confundirse con los fabricados directamente por Kikiricoop, ambas iniciativas cooperan y presentan una oferta conjunta en la tienda instalada junto al obrador.
El establecimiento incorpora también alimentos de otros productores cercanos: lácteos, verduras, sidra, zumos, mermeladas, quesos, cosmética y artículos de comercio justo.
El modelo busca resolver uno de los mayores problemas de los pequeños elaboradores rurales. Producir no basta. Después hay que etiquetar, almacenar, transportar, facturar, promocionar y conseguir puntos de venta. Cuando cada proyecto afronta esas tareas de manera individual, los costes pueden hacer inviable la actividad.
Compartir una ruta de reparto, una asesoría o un espacio de venta reduce gastos y permite que negocios con volúmenes limitados accedan a mercados que difícilmente podrían alcanzar por separado.
El coste oculto de cumplir todas las normas
La transformación de alimentos es una de las actividades más reguladas. Los pequeños obradores deben cumplir exigencias sanitarias, registros, controles de trazabilidad, etiquetado, prevención de riesgos, gestión de residuos y requisitos específicos de la certificación ecológica.
Estas obligaciones protegen al consumidor, pero su coste relativo es mucho mayor para una cooperativa con seis o siete personas que para una industria con departamentos jurídicos, administrativos y de calidad.
Sergio de la Hoz, socio y administrador de Kikiricoop, calcula que dedica entre el 60% y el 70% de su jornada a reuniones, papeleo, solicitudes, justificaciones y otras tareas de gestión. Solo el tiempo restante puede emplearlo directamente en la producción.
La dificultad se extiende incluso a las ayudas públicas diseñadas para pequeñas empresas. Preparar una solicitud, recopilar presupuestos, anticipar inversiones y justificar posteriormente cada gasto exige una capacidad administrativa que muchos proyectos rurales no poseen.
El premio nacional reconoce, por ello, algo más que la calidad de unos alimentos. Reconoce la capacidad de sostener durante una década una estructura profesional sometida a las mismas obligaciones esenciales que cualquier industria, pero con menos personal, menor producción y mayor distancia respecto a los grandes mercados.
Diez años sin abandonar el territorio
Kikiricoop ha superado etapas económicas complicadas, incrementos de costes y cambios en el mercado ecológico. Sus integrantes admiten que este tipo de consumo continúa siendo minoritario en Asturias y que Asturcilla atrae en ocasiones más por su identificación con el territorio y su carácter gastronómico que por la certificación ecológica.
La cooperativa tampoco ha hecho públicas cifras actualizadas de facturación, kilos transformados o unidades vendidas. Por tanto, no puede medirse con precisión cuánto ha aumentado su producción desde 2016 sin acceder a su contabilidad y a sus registros internos.
Ese dato será fundamental para conocer el alcance económico real del crecimiento. También permitirá determinar qué parte de las materias primas procede actualmente de Asturias, cuánto empleo depende de cada línea de negocio y qué peso tienen el catering, la alimentación escolar y los productos envasados.
Lo que sí puede comprobarse es su evolución organizativa. Kikiricoop ha pasado de buscar una cocina en la que trabajar legalmente a impulsar un obrador, una tienda, una red con otros productores, actividades divulgativas y servicios de alimentación para su entorno.
Un segundo reconocimiento estatal
El Premio Alimentos de España no es el primer reconocimiento nacional recibido por la cooperativa.
En 2022, el Ministerio de Agricultura le concedió el primer Premio de Excelencia a la Innovación para Mujeres Rurales en la categoría de diversificación de la actividad económica. Entonces se valoró su trabajo en la agroecología, la economía social, la utilización de materias primas locales y la compatibilización de la actividad productiva con los cuidados.
El nuevo galardón amplía aquel reconocimiento. Ya no se premia únicamente una iniciativa innovadora surgida en el medio rural, sino un modelo de producción ecológica que ha logrado consolidarse y competir en el conjunto de España.
El premio a una forma de hacer empresa
El principal valor de Kikiricoop no reside en presentar una imagen idealizada de la vida rural. Sus propios integrantes reconocen los problemas: falta de transporte público, menor acceso a servicios, escasez de empleo, dificultades para distribuir los productos y una carga administrativa desproporcionada.
Precisamente por eso el premio tiene un significado especial.
La cooperativa demuestra que la transformación agroalimentaria puede crear empleo fuera de los principales núcleos urbanos; que varios proyectos pequeños pueden compartir instalaciones sin perder su identidad; y que una materia prima tradicional, como la avellana, puede convertirse en el punto de partida de una cadena de valor local.
El reconocimiento estatal llega después de diez años de trabajo y convierte a Cabranes en referencia de la producción ecológica española. Pero también deja planteado el siguiente desafío: transformar la notoriedad del premio en más ventas, nuevos empleos y una demanda estable de materias primas asturianas sin que el proyecto pierda la dimensión cooperativa y territorial que lo hizo diferente.
Kikiricoop nació porque cinco personas necesitaban una cocina en la que trabajar cumpliendo la ley. Una década después, aquella solución compartida ha recibido uno de los mayores premios del sector alimentario español.
No es solo una historia sobre crema de avellanas. Es la historia de cómo una pequeña estructura empresarial, construida desde un concejo rural, consiguió demostrar que cooperar también puede ser una forma de competir.
