De Asturias al Bierzo a golpe de pedal: una travesía salvaje por el corazón de Los Ancares

De Asturias al Bierzo a golpe de pedal: una travesía salvaje por el corazón de Los Ancares

Una exigente ruta lineal de alta montaña parte de San Antolín de Ibias, cruza Galicia, supera el Puerto de Ancares y termina en El Bierzo leonés. Alrededor de 75-80 kilómetros de asfalto, puertos encadenados y un viaje en bicicleta por tres comunidades y uno de los paisajes más indómitos del noroeste peninsular.

Hay rutas en bicicleta que se explican con una distancia y un desnivel. Y hay otras que necesitan un mapa entero para entenderse.

Esta es una de ellas.

La travesía arranca en San Antolín de Ibias, en el suroccidente asturiano, se interna en la montaña lucense, atraviesa el corazón de Los Ancares y termina en Sésamo, ya en El Bierzo leonés. En una sola jornada, el ciclista pasa por Asturias, Galicia y Castilla y León sin abandonar prácticamente nunca un paisaje dominado por montañas, bosques y pequeñas carreteras que parecen dibujadas directamente sobre las laderas.

Son aproximadamente 75-80 kilómetros, según el trazado elegido, una cifra que sobre el papel puede parecer incluso contenida. Pero aquí los kilómetros engañan. El verdadero juez es el perfil: ascensiones encadenadas, descensos técnicos, carreteras estrechas y un coloso de 1.648 metros que concentra buena parte de la leyenda ciclista de la zona: el Puerto de Ancares.


Tres ciclistas durante la travesía, con Los Ancares desplegándose al fondo.

 

Una bicicleta y tres comunidades en un solo día

El atractivo del recorrido empieza mucho antes de las grandes rampas. Está en la propia idea del viaje: salir de Asturias pedaleando y terminar horas después en León después de haber atravesado Galicia por algunas de sus montañas más remotas.

No hay grandes autovías ni largas rectas. El itinerario se construye sobre carreteras locales y de montaña, muchas veces estrechas, con asfaltos irregulares y un trazado que rara vez concede descanso durante demasiado tiempo.

Por eso, aunque toda la ruta puede hacerse por asfalto, la bicicleta de montaña tiene aquí mucho sentido. Sus cubiertas dan seguridad en los firmes más castigados y, sobre todo, sus desarrollos cortos permiten afrontar pendientes en las que una bicicleta demasiado larga de desarrollo puede convertir cada metro en una pelea.


La carretera se abre paso entre las montañas en uno de los tramos más solitarios del recorrido.

 

San Antolín de Ibias: la salida desde la Asturias más occidental

El viaje comienza en San Antolín de Ibias, una de esas zonas de Asturias donde el paisaje ya anuncia desde el primer minuto que la jornada no será convencional.

El territorio es quebrado, verde y profundo. Los pueblos aparecen dispersos entre laderas y los bosques ocupan una parte enorme del horizonte. La salida permite todavía encontrar un ritmo cómodo, pero dura poco: la carretera empieza pronto a ganar altura hacia Pelliceira.

Es el primer aviso serio.

La pendiente obliga a administrar el esfuerzo cuando todavía queda casi todo por delante. En estas montañas el error más fácil es dejarse llevar por las buenas piernas de primera hora. El recorrido se encargará después de cobrar cada exceso.

Pelliceira: la primera frontera

Al ganar altura, el paisaje asturiano comienza a abrirse. El bosque cerrado deja espacios a panorámicas mucho más amplias y las carreteras parecen colgarse sobre los valles.

Pelliceira marca además uno de los momentos simbólicos de la ruta: el abandono de Asturias y la entrada en Galicia.

No hay, sin embargo, un cambio brusco de escenario. La montaña ignora las fronteras administrativas. Lo que continúa al otro lado es el mismo mundo de laderas enormes, vegetación densa, carreteras pequeñas y núcleos rurales separados por distancias que en bicicleta se sienten de verdad.

Murias de Rao: descender para volver a subir

Después de la primera gran subida, la carretera pierde altura hacia Murias de Rao. Es uno de esos descensos en los que conviene disfrutar del paisaje sin olvidar dónde se está: curvas, asfalto de montaña y cambios constantes de pendiente obligan a mantener la concentración.

Abajo espera un valle encajado entre enormes laderas cubiertas de vegetación. El río y el relieve han moldeado durante siglos un territorio en el que las aldeas ocupan los pocos espacios amables que deja la montaña.

El descenso, además, tiene algo de trampa psicológica. Cada metro perdido habrá que recuperarlo después. Y el gran objetivo del día todavía está muy lejos.


La ruta alcanza la Reserva de la Biosfera de Los Ancares Leoneses.

 

Entrar en Los Ancares

A partir de este punto la ruta deja de ser solamente una jornada ciclista para convertirse casi en una pequeña expedición por uno de los territorios de montaña más reconocibles del noroeste.

Los Ancares forman un paisaje de grandes cordales, valles profundos y una fuerte identidad rural. El cartel de la Reserva de la Biosfera de Los Ancares Leoneses resume bien la dimensión ambiental de un territorio que no necesita decorados: basta mirar alrededor.

Aquí el silencio pesa tanto como el desnivel.

Durante largos tramos la carretera atraviesa un espacio donde el protagonismo pertenece por completo a la montaña. La presencia humana aparece en pequeñas aldeas, antiguas construcciones, muros de piedra y caminos que llevan siglos adaptándose a un terreno difícil.

Balouta: arquitectura, paisaje y la antesala del gran puerto

La aproximación a Balouta añade al recorrido un componente que va mucho más allá del deporte.

La zona conserva construcciones tradicionales vinculadas a la vida de montaña, entre ellas las conocidas pallozas, y ofrece una de esas estampas en las que cuesta separar patrimonio y paisaje.

Pero el ciclista sabe que Balouta significa también otra cosa: el gran puerto está cerca.

Hasta aquí se puede haber administrado, contemplado y reservado. A partir de ahora llega la parte en la que hay que subir.


Las construcciones tradicionales aparecen integradas en un paisaje de alta montaña.

 

Puerto de Ancares: 1.648 metros de montaña

El Puerto de Ancares, a 1.648 metros de altitud, es el gran nombre propio de la travesía.

La carretera asciende mientras los bosques van perdiendo terreno y el paisaje se vuelve más abierto. La sensación de altura aumenta con cada curva. Detrás quedan los valles; delante, las laderas superiores y una carretera que sigue trepando.

No hace falta adornarlo demasiado. Ancares es uno de esos lugares en los que la propia geografía hace el trabajo.

La dificultad no procede únicamente de una pendiente concreta. Llega después de horas de esfuerzo y de varios cambios de ritmo. Cada metro de desnivel se suma a lo anterior.


El Puerto de Ancares, a 1.648 metros, es el gran coloso de la jornada.

 

Coronar tiene algo de liberación y algo de engaño.

La liberación es evidente: el gran coloso del día está superado.

El engaño consiste en pensar que con él termina la ruta.

Desde las cotas altas, el paisaje ofrece una recompensa que difícilmente puede medirse en números. Cordales sucesivos, carreteras diminutas en la distancia y valles excavados entre montañas recuerdan hasta qué punto el ciclista ha ganado altura.


Un alto en el mirador permite comprobar la dimensión del territorio atravesado.

 

Un balcón sobre un territorio casi infinito

Uno de los privilegios de hacer esta ruta sobre una bicicleta es el tiempo.

En coche, muchos de estos paisajes aparecen y desaparecen detrás de una curva. Pedaleando, la escala cambia. Hay tiempo para percibir cómo una ladera se transforma en bosque, cómo el valle se abre y cómo una carretera lejana termina siendo, veinte minutos después, la carretera por la que se está circulando.

Desde los miradores y zonas altas de Ancares, la impresión es la de encontrarse ante un territorio casi infinito.


Cordales, bosques y valles se suceden durante kilómetros en Los Ancares.

 

Y esa sensación explica mejor el recorrido que cualquier ficha técnica.

Hay momentos en los que la bicicleta queda casi reducida a una excusa para estar allí.

Asfalto sí, comodidad no necesariamente

Que la ruta se desarrolle por carretera asfaltada no significa que sea una salida cómoda.

Las carreteras de alta montaña se adaptan al relieve. Hay cambios de pendiente, firmes desiguales, sectores estrechos y curvas que exigen atención continua.

La MTB aporta aquí una ventaja clara. Sus desarrollos permiten pedalear con cadencia cuando las pendientes castigan y sus neumáticos absorben mejor las imperfecciones de unas carreteras donde el objetivo no es batir récords de velocidad.


La bicicleta, preparada para afrontar la subida al Puerto de Ancares.

 

También cambia la forma de afrontar la jornada. En una travesía lineal y aislada, la gestión del esfuerzo, la alimentación y el agua tienen tanta importancia como las piernas.

Hay que llegar a Ancares con energía, pero también salir de Ancares con suficiente reserva para lo que todavía queda.

Lumeras: el puerto que llega cuando ya todo pesa

Tras perder altura hacia la vertiente leonesa aparece otro nombre que puede parecer secundario frente a Ancares, pero que adquiere una dimensión completamente diferente al final de una jornada larga: el Puerto de Lumeras.

El cartel fotografiado durante la ruta marca 1.048 metros.

No es la altitud de Ancares. Tampoco necesita serlo.

A estas alturas, cada pendiente se mide también en kilómetros acumulados, comida gastada, agua consumida y horas sobre el sillín. Un puerto moderado al principio del día puede convertirse en una pared cuando las piernas llegan castigadas.


El Puerto de Lumeras, a 1.048 metros, llega cuando las piernas ya acumulan buena parte del esfuerzo.

 

Lumeras exige precisamente eso que tantas veces decide una ruta de montaña: haber sabido reservar.

El último cambio de paisaje: rumbo al Bierzo

Después del último gran esfuerzo, el recorrido comienza finalmente a orientarse hacia las tierras bercianas.

La montaña no desaparece de golpe. Va cediendo poco a poco. Los valles cambian, las cotas se suavizan y la sensación psicológica es completamente distinta: por primera vez en muchas horas, el destino parece más cerca que el siguiente puerto.
El paisaje vuelve a abrirse antes del descenso hacia las tierras bercianas.

El final en Sésamo, en el entorno de Fabero, cierra una travesía de aproximadamente 75-80 kilómetros que ha unido tres comunidades autónomas sin necesidad de buscar grandes carreteras ni escenarios artificiales.

Ochenta kilómetros que valen por muchos más

En ciclismo, la distancia puede ser una estadística engañosa.

Ochenta kilómetros por terreno llano y ochenta kilómetros aquí son experiencias completamente diferentes.

Los Ancares obligan a sumar ascensiones, descensos, carreteras técnicas, horas de concentración y una gestión constante del esfuerzo. Por eso esta ruta no debería plantearse como un simple paseo turístico.

Es una jornada de montaña exigente, apropiada para ciclistas con preparación física suficiente, experiencia en recorridos largos y capacidad para desenvolverse en zonas donde los servicios pueden estar muy separados.

Ficha rápida de la travesía

  • Salida: San Antolín de Ibias, Asturias.
  • Llegada: Sésamo, El Bierzo, León.
  • Territorios atravesados: Asturias, Galicia y Castilla y León.
  • Distancia orientativa: alrededor de 75-80 kilómetros, según el trazado exacto.
  • Tipo de ruta: lineal.
  • Superficie: carretera asfaltada.
  • Bicicleta recomendada: MTB o bicicleta con desarrollos adecuados para fuertes pendientes.
  • Puntos principales: San Antolín de Ibias, Pelliceira, Murias de Rao, Balouta, Puerto de Ancares, Puerto de Lumeras y Sésamo.
  • Cota principal: Puerto de Ancares, 1.648 metros.
  • Dificultad: alta por la sucesión de ascensiones y el carácter montañoso del recorrido.

Cómo afrontar una jornada así

Guardar desarrollo. No se trata de mover una marcha grande, sino de mantener una cadencia que permita superar las pendientes sin vaciar las piernas demasiado pronto.

No convertir Ancares en la meta. Es el puerto principal, pero no el final de la travesía. Después todavía queda carretera y aparece Lumeras.

Llevar agua y alimentación suficiente. El aislamiento de algunas zonas obliga a no confiar en encontrar un establecimiento cada pocos kilómetros.

Consultar la meteorología antes de salir. En zonas de alta montaña las condiciones pueden cambiar rápidamente y la diferencia entre el valle y las cotas altas puede ser considerable.

Revisar la bicicleta. Frenos, neumáticos y transmisión tienen que llegar en buen estado. Los descensos pueden ser tan exigentes para el material como las subidas para las piernas.

Planificar el regreso. Al tratarse de una ruta lineal entre Asturias y León, la logística para volver al punto de partida forma parte de la propia preparación.

La ruta que convierte las fronteras en una anécdota

Quizá la mejor manera de resumir esta travesía sea una de las imágenes tomadas durante el recorrido: tres ciclistas detenidos junto a sus bicicletas, diminutos ante una cadena de montañas que parece no terminar nunca.

En una fotografía así resulta difícil saber dónde termina Asturias, dónde comienza Galicia o en qué punto exacto aparece León.

Y seguramente esa sea una de las mayores virtudes del viaje.

Durante unas horas, las divisiones administrativas dejan de tener importancia. Solo cuentan la carretera, la pendiente, el siguiente valle y la montaña.

Desde San Antolín de Ibias hasta Sésamo, atravesando Pelliceira, Rao, Balouta y los puertos de Ancares y Lumeras, la bicicleta permite recorrer lentamente uno de los grandes paisajes del noroeste peninsular.

No es una ruta para hacer deprisa. Es una ruta para recordar.

 

FOTOS: JAVIER MARTÍNEZ

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