El Principado encabeza el crecimiento nacional de dispositivos de vigilancia vial y se sitúa también entre las comunidades donde más aumentaron en el último año, mientras España supera ya los 3.600 radares
Asturias se ha convertido en uno de los territorios donde más ha cambiado la forma de vigilar la carretera. En apenas cinco años, el Principado ha incrementado su red de radares un 60%, el mayor crecimiento de toda España. No es un dato menor ni una simple estadística de tráfico: es la señal de que conducir por Asturias hoy no se parece demasiado a conducir por la Asturias de 2021. Hay más controles, más tecnología, más vigilancia y una estrategia cada vez más clara de la DGT y de las distintas administraciones: hacer que el exceso de velocidad deje de ser una costumbre impune.
El dato procede del Observatorio de Radares en España elaborado por Coyote a partir de datos propios y de la Dirección General de Tráfico, recopilados entre mayo de 2025 y mayo de 2026. Según ese informe, Asturias no solo lidera el crecimiento acumulado de los últimos cinco años, sino que también figura entre las comunidades donde más se ha reforzado la red en el último ejercicio, con un aumento del 15%.
En el mapa nacional, solo Canarias, con un incremento anual del 33%, y Murcia, con un 22%, superan a Asturias en crecimiento durante el último año. Pero si la mirada se abre a cinco años, el Principado se coloca en cabeza: +60%, por delante de Canarias (+56%), Cantabria (+50%), Baleares (+44%) y La Rioja (+38%).
La conclusión es potente: Asturias no es la comunidad con más radares de España, pero sí la que más ha pisado el acelerador en su despliegue. Paradójico, sí. Pero muy gráfico.
España se llena de radares: casi mil más desde 2021
El fenómeno no es exclusivamente asturiano. España vive una expansión general de los dispositivos de control vial. En 2021 había 2.640 radares registrados. En 2026 son ya 3.621. La diferencia es brutal: 982 radares más en cinco años, un aumento del 37%.
Solo en el último ejercicio se han añadido 226 nuevos dispositivos, lo que supone un crecimiento del 7% respecto al año anterior. La red nacional está formada actualmente por 2.472 radares fijos, 600 radares de semáforo, 295 radares de tramo y 254 dispositivos de cinturón y móviles.
El dato clave está en los radares de tramo. Son los que más han crecido: un 86% en cinco años, al pasar de 159 a 295. Y esto cambia mucho la conversación. El viejo radar fijo cazaba una foto en un punto concreto; el radar de tramo obliga al conductor a mantener la velocidad media durante varios kilómetros. Es menos “foto sorpresa” y más examen sostenido. Como un profesor que no te mira solo cuando copias, sino durante todo el examen. Incómodo, pero eficaz.
También crecen los radares de semáforo, un 53% desde 2021, mientras que los fijos aumentan un 32% y los de cinturón y móvil, un 19%. La vigilancia ya no se limita a correr demasiado: también controla distracciones, cinturón, semáforos y comportamientos urbanos.
No todos están en autopistas: casi la mitad están en ciudad
Una de las ideas equivocadas sobre los radares es pensar que viven sobre todo en autopistas y autovías. El Observatorio de Coyote dibuja otra realidad: el 44% de los dispositivos se encuentra ya en ciudad, el 32% en carreteras secundarias y el 24% en autopistas.
Esto significa que el radar ha dejado de ser únicamente un elemento de carretera rápida. Se ha metido en la movilidad cotidiana: accesos urbanos, semáforos, travesías, rondas, vías de entrada y salida, zonas donde conviven coches, peatones, ciclistas, motoristas y transporte público.
La lectura es doble. Para la Administración, se trata de reducir la siniestralidad allí donde el error puede tener consecuencias graves. Para muchos conductores, la sensación es otra: cada vez hay más puntos de control y menos margen para conducir “de memoria”. La carretera ya no perdona tanto. Y el GPS tampoco lo sabe todo.
Asturias suma dos nuevos radares fijos de la DGT
La expansión también tiene nombres y carreteras concretas. La DGT puso en marcha en febrero 33 nuevos radares en once comunidades autónomas, dentro del plan de instalación de 122 nuevos puntos de control de velocidad previsto para 2025 y 2026. De esos 33 nuevos cinemómetros, 20 son fijos y 13 de tramo.
Asturias recibió dos radares fijos: uno en la AS-116, en el punto kilométrico 3,200, y otro en la AS-377, en el punto kilométrico 1,150. Como ocurre con los nuevos dispositivos de la DGT, durante el primer mes de funcionamiento los conductores que superan la velocidad reciben una carta informativa. Después de ese periodo, el aviso se convierte en sanción.
La filosofía oficial es conocida: primero advertir, luego multar. Aunque en la práctica muchos conductores lo traducen de otra manera: primero te mandan una carta para que sepas que te han visto; después, te mandan otra para que sepas cuánto te cuesta.
Por qué Tráfico insiste tanto en la velocidad
El crecimiento de radares tiene una explicación técnica y una lectura política. La técnica es sencilla: la velocidad mata más de lo que parece. No solo aumenta el riesgo de accidente, sino que multiplica la gravedad de las lesiones cuando el accidente ya es inevitable.
La DGT insiste en que a mayor velocidad hay menos tiempo de reacción, mayor distancia de frenado, más energía en el impacto y más probabilidad de que una salida de vía, un choque frontal o un atropello terminen con víctimas graves o mortales.
El balance provisional de 2025 ayuda a entender el contexto. España registró 1.119 fallecidos en siniestros de tráfico en vías interurbanas. Fueron 35 menos que el año anterior, un descenso del 3%, pero la cifra sigue siendo enorme. Especialmente preocupante es el peso de las carreteras convencionales, donde se produjeron tres de cada cuatro muertes. Y Asturias, con su red de vías secundarias, tramos rurales, carreteras de montaña, travesías y accesos complicados, encaja de lleno en ese debate.
No es lo mismo correr en una autovía despejada que hacerlo en una carretera estrecha, húmeda, con curvas, cambios de rasante y entradas a pequeños núcleos. En Asturias, muchas carreteras parecen diseñadas por alguien que conocía muy bien el paisaje y bastante menos la paciencia del conductor moderno.
Cataluña, Andalucía y Castilla y León: las que más tienen
Asturias lidera el crecimiento, pero no el volumen absoluto. Las comunidades con más radares siguen siendo Cataluña, Andalucía y Castilla y León. Entre las tres suman 1.774 dispositivos, prácticamente la mitad de todos los radares contabilizados en España.
Cataluña encabeza el ranking con 936 radares. Le siguen Andalucía, con 462, y Castilla y León, con 376. Después aparecen Madrid, con 273; País Vasco, con 257; Comunidad Valenciana, con 236; y Galicia, con 234.
Este reparto tiene lógica por tamaño, población, red viaria, intensidad de tráfico y competencias autonómicas o municipales. Pero también marca diferencias de modelo: hay territorios donde el control se concentra más en grandes vías, otros donde pesa más el entorno urbano y otros, como Asturias, donde el crecimiento reciente indica un esfuerzo claro por reforzar la vigilancia en tramos concretos.
El radar ya no es solo una caja gris
Otra novedad del informe es la llegada a España de los radares móviles de remolque. Estos dispositivos, ya conocidos en otros países europeos y utilizados también en Cataluña, funcionan como equipos autónomos que pueden desplazarse de un punto a otro con más facilidad que un radar fijo tradicional. Son, en esencia, radares con ruedas.
La idea es sencilla y muy incómoda para quien conduce siempre al límite: el radar deja de estar donde “siempre ha estado”. Puede moverse, adaptarse a obras, tramos de riesgo, carreteras con exceso recurrente de velocidad o puntos donde la siniestralidad aconseja vigilancia temporal.
Ese es el futuro del control vial: menos rutina y más imprevisibilidad. La señal del radar fijo seguirá existiendo, pero la vigilancia móvil, de tramo, urbana y tecnológica gana peso. El conductor que antes se aprendía “dónde estaban los radares” se enfrenta ahora a un escenario mucho más dinámico.
Seguridad vial o recaudación: el debate eterno
Cada aumento de radares abre el mismo debate. Para la DGT, son herramientas de seguridad. Para muchos conductores, instrumentos recaudatorios. La realidad probablemente está en una zona menos cómoda para todos: los radares recaudan porque demasiados conductores siguen corriendo donde no deben, pero también es cierto que su ubicación, señalización, proporcionalidad y transparencia son esenciales para que la ciudadanía los perciba como protección y no como trampa.
En Asturias, donde muchas carreteras combinan belleza paisajística y riesgo real, el debate tiene más matices. Hay tramos donde un radar puede salvar vidas. Y hay otros donde el conductor se pregunta si el problema era la velocidad o una señalización confusa, una vía mal diseñada o una limitación poco creíble.
La clave está en la pedagogía. Un radar en un punto negro se entiende. Un radar escondido en una recta absurda enfada. Un radar de tramo en una carretera peligrosa puede educar. Una multa sin explicación solo cabrea. La seguridad vial necesita tecnología, sí, pero también confianza.
Asturias, laboratorio de una nueva vigilancia
El liderazgo asturiano en el crecimiento de radares no debería leerse solo como una amenaza para el bolsillo del conductor. También habla de una transformación de la movilidad. Las administraciones están apostando por una vigilancia más extensa, más variada y más conectada a los datos. Ya no se trata solo de poner radares donde “se corre mucho”, sino de controlar comportamientos en entornos urbanos, travesías, accesos, carreteras convencionales y tramos de especial riesgo.
Asturias, con un aumento del 60% en cinco años, aparece como uno de los territorios donde ese cambio se ha producido con más intensidad. La pregunta ya no es si hay más radares. La pregunta es si están donde deben estar, si ayudan a reducir accidentes y si el conductor entiende por qué están ahí.
Porque ese será el verdadero examen. No el de la multa individual, sino el del resultado colectivo: menos muertos, menos heridos graves, menos salidas de vía, menos adelantamientos suicidas y menos familias recibiendo una llamada que nadie quiere recibir.
El nuevo mapa de la carretera
España tiene ya 3.621 radares. Asturias es la comunidad que más los ha aumentado en cinco años. Los radares de tramo se disparan. Los urbanos ganan protagonismo. Los dispositivos móviles de remolque empiezan a asomar. Y la DGT insiste en que la velocidad sigue siendo uno de los grandes enemigos de la seguridad vial.
La carretera española está cambiando. Se está volviendo más vigilada, más tecnológica y menos previsible para quien confunde conducir con apurar el límite. En Asturias, ese cambio ya es especialmente visible.
El mensaje para el conductor es claro: el Principado sigue teniendo curvas, lluvia, puertos, carreteras hermosas y trayectos de los que enamoran. Pero ahora, además, tiene muchos más ojos mirando.
Y algunos no parpadean.
