El abogado y empresario ultraconservador se impone por un margen mínimo a Iván Cepeda y abre una etapa de ruptura con el legado de Gustavo Petro: mano dura, megacárceles, fracking, recorte del Estado y alineamiento con Trump
Colombia acaba de vivir una de las noches electorales más ajustadas de su historia reciente. Abelardo de la Espriella, abogado penalista, empresario, cantante vallenato ocasional y líder del movimiento Defensores de la Patria, se perfila como próximo presidente tras imponerse en el preconteo de la segunda vuelta al izquierdista Iván Cepeda. El dato es de infarto político: 49,66% frente al 48,70%, una diferencia de alrededor de 250.000 votos, con casi todas las mesas informadas. La cautela es obligada: el resultado definitivo queda pendiente del escrutinio formal, que en Colombia revisan comisiones escrutadoras y el Consejo Nacional Electoral.
La victoria de De la Espriella no es solo un cambio de presidente. Es un volantazo. Colombia, que en 2022 eligió a Gustavo Petro como primer presidente de izquierdas de su historia moderna, gira ahora hacia un liderazgo de derecha radical, de estética militarizada, discurso de orden y promesa de ruptura total con la llamada “paz total” de Petro. Reuters lo resume como un giro brusco hacia una agenda de seguridad dura y políticas favorables al mercado.
¿Quién es Abelardo de la Espriella?
De la Espriella tiene 47 años, nació en Montería, en la costa Caribe colombiana, y se ha construido una imagen pública tan calculada como excesiva: traje impecable, barba milimétrica, gafas de lujo, reloj caro, saludo militar sin pasado militar y el apodo de “El Tigre” como marca de campaña. No había ocupado cargos públicos antes de lanzarse a la carrera presidencial, pero sí era un personaje conocido por su trabajo como abogado, por sus negocios y por su presencia mediática. Reuters recuerda que ha representado legalmente a figuras polémicas, entre ellas Alex Saab, acusado en Estados Unidos de lavado de dinero vinculado al entorno de Nicolás Maduro; De la Espriella sostiene que esas relaciones fueron estrictamente profesionales.
Su biografía política es corta, pero su personaje es largo. Se presentó como un outsider, aunque su victoria no se explica sin el apoyo de sectores tradicionales de poder, empresarios, clanes regionales y votantes desencantados con Petro. El País subraya esa contradicción: vendió una candidatura contra “los de siempre”, pero terminó necesitando a muchos de “los de siempre” para llegar a la Casa de Nariño.
¿Cómo ha llegado hasta aquí?
Ha llegado por tres vías: miedo, cansancio y espectáculo. El miedo tiene que ver con la seguridad. Colombia vive un repunte de la violencia vinculada a grupos armados, narcotráfico, minería ilegal y disputas territoriales. The Guardian señala que la campaña estuvo dominada por la violencia que ha vuelto a envolver al país, aunque los indicadores siguen lejos de los niveles previos al acuerdo de paz de 2016.
El cansancio viene del desgaste del Gobierno de Petro. De la Espriella convirtió la elección en un plebiscito contra el presidente saliente: economía floja, inseguridad, crisis sanitaria, déficit y escándalos de corrupción. Según El País, el resultado no se entiende sin el voto de rechazo a Petro y sin el trasvase de parte de las clases bajas y medias que habían apoyado el cambio progresista en 2022.
Y el espectáculo fue el envoltorio. De la Espriella no ganó solo con programa: ganó con marca. Camiseta de la selección colombiana, apelación patriótica, actos masivos, redes sociales, estética de líder providencial y una campaña capaz de conectar con el hartazgo. En España, donde había 307.997 colombianos habilitados para votar en 24 ciudades, su campaña también tuvo presencia fuerte en redes, influencers y actos en Madrid, Barcelona, Sevilla y Zaragoza.
¿Qué pretende hacer?
Su programa tiene cuatro grandes columnas.
La primera es seguridad sin negociación. Promete terminar la política de “paz total” de Petro, desplegar un plan de choque de 90 días, recuperar el control territorial, construir 10 megacárceles de máxima seguridad, endurecer penas, reducir beneficios a reincidentes y destruir 330.000 hectáreas de coca mediante fumigación aérea, erradicación manual y persecución del dinero del narcotráfico.
La segunda es Estado más pequeño y economía más agresiva. Ha prometido reducir el tamaño del Estado hasta un 40%, ampliar la base tributaria, bajar cargas a empresas, eliminar trabas burocráticas y buscar un crecimiento del PIB del 7% anual. También habla de un ajuste inicial de unos 70 billones de pesos y de un superávit fiscal primario. Aquí viene el problema: la música suena rotunda, pero la partitura económica tiene muchas notas sin explicar. Cambio Colombia advierte de dudas importantes sobre financiación y viabilidad de varias de sus promesas.
La tercera es energía fósil sin complejos. De la Espriella quiere reactivar la exploración petrolera, permitir el fracking y dar prioridad a la “soberanía energética” por encima de la transición verde. Reuters añade que ha planteado casi duplicar la producción hasta 1,3 millones de barriles diarios.
La cuarta es tecnología como promesa de limpieza institucional. Su programa habla de contratación pública con blockchain, modernización de la DIAN con inteligencia artificial para reducir la evasión fiscal, conectividad gratuita, ordenadores, Universidad Virtual y formación en áreas como IA, robótica y computación cuántica. Suena futurista; falta saber cuánto hay de transformación real y cuánto de purpurina tecnológica. Porque una cosa es poner blockchain en un PDF y otra muy distinta es sacar la corrupción de las tuberías del Estado.
Qué significa su victoria
Significa, ante todo, el fin abrupto del ciclo Petro. Colombia había sido una excepción en una región donde la izquierda perdió impulso tras la llamada “marea rosa” de principios de la década. Con De la Espriella, el país se suma a una ola regional de derechas que Reuters sitúa junto a Argentina, Chile, Ecuador, Bolivia, Panamá y Perú.
También significa un alineamiento mucho más estrecho con Estados Unidos. De la Espriella es ciudadano estadounidense, vivió en Miami, se declara admirador de Donald Trump y recibió su respaldo antes de la segunda vuelta. Ha prometido acercarse a la política regional de Washington, cooperar más en seguridad y reactivar proyectos de petróleo y gas frenados durante el Gobierno Petro.
Pero el dato más importante no está en su victoria, sino en su margen. Ganar por menos de un punto no da carta blanca. El País lo apunta con claridad: Colombia queda partida casi por la mitad, con una participación récord del 63% y con votos nulos y en blanco —unos 676.000— que duplican sobradamente la diferencia entre los candidatos.
El gran riesgo: gobernar Colombia como si fuera El Salvador
De la Espriella ha sido comparado con Nayib Bukele por sus megacárceles, su estética de liderazgo fuerte y su promesa de aplastar el crimen. Él niega copiarlo, pero el parecido político es evidente. El problema es que Colombia no es El Salvador: es mucho más grande, más rural, más desigual, con grupos armados diversos, economías criminales arraigadas y regiones donde el Estado nunca ha llegado de verdad. Reuters cita al analista Sergio Guzmán, de Colombia Risk Analysis, para advertir que importar soluciones salvadoreñas a Colombia no es viable ni legal, ni presupuestaria, ni diplomáticamente.
La mano dura puede dar sensación inmediata de control, pero también puede incendiar territorios donde guerrillas, disidencias, narcos y grupos armados compiten por rentas ilegales. Si rompe todas las negociaciones y opta por una ofensiva militar a gran escala, el primer año puede convertirse en una prueba de fuego: paros armados, ataques a infraestructuras, presión sobre comunidades rurales y choque con organismos de derechos humanos.
El otro límite: el Congreso
De la Espriella llega con una épica de refundación, pero no con un cheque en blanco institucional. Reuters señala que deberá gobernar con un Congreso dividido, donde el Pacto Histórico de Iván Cepeda mantiene una presencia importante. Esa aritmética puede obligarle a negociar o, si decide tirar por la vía del decretazo, abrir una guerra institucional. La Silla Vacía ya advertía durante la campaña de que el candidato hablaba de firmar 90 decretos en los primeros días de gobierno, aunque prometía respetar la Constitución.
Ahí está el corazón del dilema: De la Espriella ganó prometiendo velocidad, castigo y ruptura. Pero Colombia es un país de contrapesos, cortes, Congreso, regiones, acuerdos rotos y heridas abiertas. Si intenta gobernar como un caudillo de emergencia permanente, puede chocar con la democracia que dice querer salvar.
Una victoria que también se mira desde España
La elección colombiana importa en España porque la comunidad colombiana es una de las más dinámicas del país. El INE registró 38.600 llegadas de ciudadanos colombianos a España solo en el primer trimestre de 2026, la principal nacionalidad entre las nuevas entradas en ese periodo.
En Madrid, Barcelona y otras ciudades españolas, la polarización colombiana también se ha vivido como asunto propio. España fue el segundo país con mayor censo electoral colombiano en el exterior, solo por detrás de Estados Unidos. La política colombiana ya no ocurre solo en Bogotá, Medellín o Cali: también se discute en la Casa de Campo, en Lavapiés, en Usera, en Oviedo, en Gijón o en cualquier barrio donde haya una familia pendiente de lo que pase al otro lado del Atlántico.
Abelardo de la Espriella no ha ganado unas elecciones normales. Ha ganado una batalla emocional en un país agotado por la inseguridad, frustrado con el cambio prometido por Petro y tentado por soluciones rápidas. Su victoria representa la entrada de Colombia en la era del populismo de derechas de alta intensidad: patria, orden, castigo, mercado, redes sociales y promesa de milagro.
Ahora viene lo difícil. Porque una campaña puede vivirse como una serie de Netflix, pero un país no se gobierna con tráileres. Colombia ha votado orden; falta saber si recibirá estabilidad o más polarización. Ha votado mano dura; falta saber si esa mano será firme con el crimen o también pesada con los derechos. Ha votado ruptura; falta saber si De la Espriella será capaz de construir algo después de dinamitar el tablero.
