De Poniente a Trasona, de Oviedo a Mieres, la noche más simbólica del verano asturiano volvió a reunir fuego, agua, gaitas y deseos, pero este año lo hizo bajo una consigna clara: celebrar sí, tentar al monte no
Asturias volvió a mirar al fuego en la noche de San Xuan, pero esta vez lo hizo con una mezcla extraña de emoción antigua y prudencia moderna. La noche que durante siglos ha servido para espantar lo malo, pedir lo imposible, bailar alrededor de las llamas y entregarle al verano los miedos viejos llegó este 23 de junio envuelta en una ola de calor que obligó a cambiar el gesto. Hubo hogueras, hubo música, hubo danza prima, hubo humo sobre la noche y hubo gente buscando, como siempre, una pequeña ceremonia de renacimiento. Pero también hubo restricciones, cancelaciones y una advertencia clara de los servicios de emergencia: el fuego, este año, no estaba para bromas.
La imagen de la noche fue esa: Asturias celebrando San Xuan, pero con la llama más vigilada que nunca.
En Gijón, la playa de Poniente volvió a concentrar buena parte del simbolismo de la fiesta. Allí, junto al mar, donde el fuego parece tener permiso para dialogar con el agua, la ciudad mantuvo su gran cita de San Juan. Las gaitas fueron marcando el camino de la tarde a la noche, el paseo se llenó de ambiente y, poco antes de la medianoche, la fiesta volvió a adquirir esa dimensión casi teatral que tiene Poniente cuando el verano entra por la puerta grande: fuego, música, deseo colectivo y una ciudad entera mirando hacia la playa.
Pero no fue una noche cualquiera. La gran celebración gijonesa llegó atravesada por las restricciones. Solo se permitieron hogueras particulares muy pequeñas en la playa de Poniente, con materiales controlados, separadas entre sí y bajo una vigilancia reforzada. Nada de improvisaciones, nada de montones descontrolados, nada de convertir la tradición en una temeridad. El mensaje fue claro: San Xuan sí, pero sin jugar a la ruleta rusa con una Asturias reseca por el calor.
Esa fue, quizá, la gran diferencia de este año. Otros San Juan se recuerdan por la multitud, por la música, por el olor a madera quemada o por el amanecer en la playa. Este quedará marcado por una palabra menos poética pero imprescindible: responsabilidad. El calor extremo cambió el tono de la fiesta. No la apagó, pero la obligó a comportarse. Y eso, en una celebración construida precisamente alrededor del fuego, no es un detalle menor.
En Mieres, una de las capitales sentimentales de San Xuan en Asturias, la fiesta mantuvo su carácter popular, pero con una renuncia importante: los fuegos artificiales previstos antes de la foguera fueron suspendidos por el riesgo de incendios. La decisión no fue ornamental ni cómoda, porque en una fiesta así cada elemento tiene peso emocional. Pero fue una muestra de sentido común. La hoguera siguió adelante, el ambiente festivo continuó y la programación mantuvo su pulso, con conciertos y tradición, pero la pirotecnia quedó fuera del guion.
Mieres no vivió una noche menor por eso. Al contrario: vivió una noche más consciente. San Xuan allí no depende solo de los fuegos artificiales, sino de una cultura festiva profunda, de una relación muy antigua con el agua y el fuego, de la danza prima, de las fuentes enramadas, de las leyendas de xanes, cuélebres, trasgos y encantamientos. Es una fiesta que no necesita gritar para saberse importante. Y este año, precisamente por tener que contenerse, mostró una madurez que también forma parte de la tradición.
Más dura fue la decisión en San Martín del Rey Aurelio, donde el Ayuntamiento suspendió las fogueres previstas en Blimea y L’Entregu por las altas temperaturas y el riesgo derivado de la ola de calor. No se suspendieron todos los actos festivos vinculados a la celebración, pero sí el elemento central: el fuego. Es decir, se mantuvo la fiesta en la medida de lo posible, pero se sacrificó aquello que podía convertirse en peligro.
La paradoja de la noche fue esa: en algunos lugares hubo que apagar San Xuan para proteger San Xuan. Porque la tradición no es hacer siempre lo mismo pase lo que pase; la tradición también es saber conservar lo que importa para que pueda seguir celebrándose dentro de diez, veinte o cincuenta años.
En Corvera, la noche volvió a tener una dimensión especial. La Foguera de San Xuan del embalse de Trasona, conocida como la Foguera d’Asturies, volvió a encender uno de los grandes símbolos festivos del Principado. No es una hoguera más. Es una celebración declarada Fiesta de Interés Turístico del Principado de Asturias, una ceremonia colectiva donde se mezclan música folk, cultura celta, teatro, participación popular, memoria industrial y una forma muy asturiana de entender el solsticio.
Este año, además, la gran foguera principal llevaba un nombre cargado de sentido: “Fueu y Aceru”. Diseñada por la artesana Mónica Álvarez e inspirada en uno de los gasómetros de baterías de cok, la estructura unía el ritual ancestral del fuego con la identidad industrial del concejo. Pocas imágenes explican mejor Asturias: el mito y la fábrica, la gaita y el acero, la noche mágica y la memoria obrera ardiendo juntas en una misma llama.
Antes de la gran foguera, Corvera mantuvo también su dimensión familiar con la foguera infantil “Gasometrín”, actividades para niños, música y chocolate. Porque San Xuan no es solo una noche de jóvenes en la playa ni una postal de llamas grandes. Es también una transmisión. Los niños ven arder una figura, escuchan gaitas, reciben chocolate, preguntan qué significa todo eso y, sin saberlo, entran en una cadena antigua que viene de mucho antes que ellos.
Oviedo, por su parte, volvió a vivir un San Juan más urbano, más ceremonial, con el casco histórico como escenario. El Enramado de Fuentes, la música, los talleres infantiles, la hoguera en el entorno de la Catedral y la Danza Prima en Porlier volvieron a recordar que esta noche no pertenece solo a las playas. El agua y el fuego, las fuentes y las llamas, forman parte de una misma geografía simbólica. San Xuan también se celebra tierra adentro, entre piedra, plazas y memoria.
Y ahí está una de las claves de la noche asturiana: mientras en otros lugares de España San Juan mira casi siempre al mar, en Asturias mira al mar, al monte, al valle, a la mina, a la ciudad antigua, al prau, al río y a la fuente. Es una fiesta repartida por el territorio, con acentos distintos según el concejo. En Gijón huele a salitre. En Corvera suena a rito celta y memoria industrial. En Mieres late como fiesta patronal y minera. En Oviedo se vuelve tradición urbana. En los valles, cuando se puede, conserva todavía ese aire de conjuro rural.
La pasada noche dejó también una enseñanza incómoda: el clima empieza a meterse de lleno en las fiestas populares. La ola de calor no fue un dato meteorológico al margen de la celebración. Fue protagonista. Condicionó permisos, redujo fuegos, suspendió pirotecnia, obligó a reforzar la vigilancia y recordó que las tradiciones no viven fuera del mundo real. El San Xuan de 2026 en Asturias fue una fiesta, sí, pero también una advertencia.
Quizá por eso tuvo más fuerza. Porque el fuego, cuando se sabe peligroso, se mira de otra manera. Ya no es solo espectáculo. Es poder. Es memoria. Es belleza. Es riesgo. Es lo que nuestros antepasados respetaban mucho antes de que existieran los partes meteorológicos y los planes de emergencia.
Asturias celebró San Xuan sin perder la cabeza. Hubo hogueras donde pudieron arder, hubo cancelaciones donde tocaba cancelar, hubo música donde debía seguir sonando y hubo miles de pequeños rituales privados que nunca salen en los programas oficiales: papeles quemados con deseos, gente mirando el mar en silencio, parejas agarradas de la mano, niños fascinados por las chispas, mayores recordando otras noches de San Juan, amigos que prometieron dejar atrás lo malo aunque luego, como todos los años, alguno vuelva a tropezar con la misma piedra. Somos humanos, no calendarios de autoayuda.
La crónica de la noche no es solo que Asturias encendió hogueras. Eso ya lo sabíamos. La noticia verdadera es que Asturias volvió a demostrar que San Xuan sigue vivo porque sabe adaptarse. Porque puede ser fiesta y prudencia. Rito y seguridad. Fuego y límite. Tradición y presente.
Y cuando la última llama bajó, cuando el humo quedó flotando sobre playas, plazas y valles, quedó esa sensación que solo tiene esta noche: algo se ha quemado, aunque no sepamos muy bien qué. Algo empieza, aunque aún no sepamos cómo. Y Asturias, una vez más, recibió el verano como mejor sabe hacerlo: mirando al fuego, escuchando gaitas y pidiéndole a la noche que lo malo se quede atrás.
