Vera

Era una mañana aletargada y fría. Los tilos esplendorosos, el arce con sus anchas hojas parecía hacerle sombra a los castaños que franqueaban algunas esquinas.

            En los aleros algunos mirlos. Los pausados tranvías, con ese ruido tan característico, iban y venían delante del hotel Metropol, en una ciudad de Belgrado marcada por las duras sanciones económicas, y lo hacían con el paso cansino del hierro viejo.

            Tú estabas preciosa. Vestías un sencillo conjunto de raso azul y tus hombros los cubría una chaquetilla de lana tejida a mano. El rostro trasparente, los labios limpios. Tus ojos eran los mismos: alegres, vivarachos, de un verde marino profundo.

            El apesadumbrado era uno. Volvía a una ciudad aletargada y a un hotel todo recuerdos, pero ahora esparcidos por las comisuras del alma. Ninguno de los dos éramos ya los mismos y sabíamos que ese encuentro sería el último.

            Belgrado penetraba en las sombras de los amores furtivos, esos que si uno los roza con la mirada, aún duelen.

            Nos sentamos en el bar para reconfortarnos.

            Las despedidas no deberían ser tristes, aunque dejen escozor en la piel.

            Una hilera de fotografías colgadas en las paredes ofrecían un panorama de los tiempos gloriosos del hotel, cuando Tito venía triunfante a recibir en estos aposentos a sus más importantes huéspedes.

            Algunas de las fotos estaban rasgadas: alguien, con rabia, le punzonó los ojos al mariscal y eso, se podía interpretar de dos maneras: adoración u odio.

            Es frecuente, en las iglesias ortodoxas que los creyentes, con los dedos de las manos, palpen, una y otra vez en plan de devoción, los ojos de los santos hasta dejarlos ciegos; dicen que eso da buena suerte y ayuda ante las graves enfermedades del alma.

            Tito no era serbio, sino medio croata y medio esloveno. Fue él quien ofreció a los albaneses, en un extraño nacionalismo de apaciguamiento, la provincia autónoma de Kosovo, situándola dentro del territorio de la república del sur de Yugoslavia. Eso enfureció a los descendientes de la dinastía Nemanjc, creadora en el siglo XII del primer Estado serbio, y aquellos barros trajeron los actuales lodos, es decir, un conflicto étnico cuya solución -ahora aletargada- pasa por la independencia de la región, algo que sería arrancarle el corazón a Serbia, pues Kosovo es la raíz primogénita de este pueblo. Allí, en esos campos, están los monasterios de sus rezos y creencias ancestrales, entre ellos los de Grachanitsa y Pec.

            En el monasterio de Grachanitsa hay un san Juan Bautista cuyos ojos son la viva estampa del dolor físico y todo el cuerpo, deformado, pereciera un amasijo de pesadumbre. Cristiano yo del tronco romano, entendía poco de la intricada rama de la Iglesia Ortodoxa Serbia, con santos padeciendo, aún en la pintura, sus propios sufrimientos.

            Escuché melodías provenientes de viejos violines. Era la hora de la partida. El hotel Metropol todo él era una despedida. Con ese adiós dejada Belgrado, un país y muchos amigos.

Hoy, al desdoblar una carta, supimos de la existencia de recuerdos y melancolía que, si uno los escarba, aún supuran.



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