Grecia y crisis emocional

Algunos medios han reproducido la fotografía de una joven griega en posición de arrojarse al vacío desde la ventana de un céntrico edificio de Atenas. El intento de suicidio estaba determinado por su angustia al ser despedida de la empresa y no aguantar la presión de la crisis.

Los griegos llevan tres años sometidos a una tremenda tensión emocional por el desorden originado por la situación económica y política. Se ha hundido el empleo, la industria es inexistente y el turismo ha desaparecido. Los griegos más valientes intentan emigrar a América y a Australia, mientras que las colonias griegas en diferentes países no dan abasto para atender las peticiones de ayuda de las familias que residen en Grecia. La gente está explotando, perdiendo los nervios y radicales de distintos colores se aprovechan de la situación para alentar el caos. Las imágenes difundidas la semana pasada daban cuenta del desolador panorama urbano con ciento cincuenta almacenes saqueados, cuarenta edificios destruidos y las ruinas calcinadas del emblemático cine Attikon en el centro de Atenas.

 

Las amenazas de suspensión de pagos, de la Deuda, la quiebra del Estado, han motivado dos planes de ajuste a cargo de “la troika” -Banco Central Europeo, Fondo Monetario Internacional y  UE-, que no parece que calmen los ánimos. Se ha dicho que a esta situación se ha llegado por el continuado mal gobierno, por la dividida clase política, por la indisciplina fiscal, por un sistema político clientelista, administración inoperante y gigantismo del sector público.

Los griegos abominan de su clase política y también reparten culpas a Bruselas y Berlín, a pesar de que si hay algún paliativo o remedio, éste vendrá de aquellos lugares, porque condonar el 70% de la deuda griega es una ayuda extraordinaria y quizás la próxima semana la UE desbloqueará 130.000 millones de euros para que Grecia no suspenda pagos, pero exigiendo garantías a las autoridades helenas del cumplimiento de los ajustes.

 

Grecia también ha vivido años de esplendor ficticio, por encima de sus posibilidades, con burbujas, endeudamientos disparatados, con un descontrol administrativo que hasta hacía posible que miles de fallecidos siguiesen cobrando pensiones de jubilación o que el seguro de desempleo lo cobrasen recién nacidos; puede ser anecdótico pero refleja un tremendo fracaso del país en su  conjunto, aunque sirve para llamar la atención sobre hasta dónde puede llegar el mal gobierno o la irresponsabilidad ciudadana, cómoda con el despilfarro y la demagogia.

¿Es traspasable la experiencia griega? ¿Es contagiosa? Aquí, una y otra vez, se asegura que estamos lejos de esa situación y que no hemos entrado en zona de rescate pero, también es cierto que los ajustes, las vueltas de tornillo hacia mayores cotas de austeridad y de reformas estructurales, van subiendo de grados y en espacios cortos.

Habría que reconsiderar si el procedimiento no debiera incorporar medidas alentadoras, que den respiro y ánimos para aguantar, porque en caso contrario pudiera ocurrir que los males se agraven a punto de explosión social y a la ruina, de la economía y del propio sistema político.

Grecia no sólo asusta a los mercados, el miedo a caer en situaciones similares alcanza a amplios sectores cercanos. Muy mal están las cosas cuando sólo quedan las lágrimas o la violencia para expresar la frustración.

 

jlpoyal@telecable.es



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