Diplomacia de alto nivel

Fuentes oficiosas dicen que el Rey  está dedicando muchas horas a preparar su intervención en la prevista XXII Cumbre Iberoamericana, que tendrá lugar en Cádiz durante los días 16 y 17 de Noviembre, y a la que se espera asistan las más altas representaciones de los 22 países que la integran. Aunque también habrá alguna ausencia de última hora, como es el caso de la presidenta argentina, excusándose por problemas de salud.

 

Estas Cumbres Iberoamericanas que se iniciaron en 1991, en México, responden a una diplomacia del más alto nivel y suponen el reconocimiento político de una comunidad, de un espacio común iberoamericano. Las distintas Cumbres han facilitado oportunidades de encuentros , múltiples acuerdos bilaterales y suavizado conflictos. Tienen también el mérito del reencuentro entre los países iberoamericanos y España. Antes de 1991, la única vez que ocurrió tal cosa fue con ocasión de la elaboración de la Constitución de 1812, cuando acudieron a Cádiz representantes de los territorios americanos que luego se emanciparon y que , posteriormente, utilizaron el texto constitucional con más respetos que los propios españoles.

 

Por esta razón cuando se celebra el Bicentenario de “la Pepa” ,los mandatarios iberoamericanos parecen más motivados que en otras ocasiones y quizás esta XXII Cumbre suponga la revitalización del empeño de que las relaciones transcurran por cauces de pragmatismo y no por edulcorados cantos líricos.

Por parte española se quiere aprovechar la ocasión para explicar, sin intermediarios, que está pasando durante la crisis que azota a Europa y que también puede alcanzarles a ellos. En otro orden de agenda, es muy posible que la presidencia española reciba preguntas sobre las pretensiones soberanistas en Cataluña. Será ocasión de recordar que en la elaboración de la Constitución de 1812, participó una importante representación catalana que defendió la unidad de la nación española. Postura muy diferente a la del “caudillo” Artur Mas. Solo faltaba que fuese a Cádiz a buscar apoyos americanos.

 

El bicentenario constitucional puede ,así mismo, ser motivo de reflexión sobre la oportunidad de acometer reformas a la Constitución de 1978 o de si no estaremos ya entrando en un nuevo periodo constituyente.

Hay argumentos para todas las opciones. Es evidente que han transcurrido 35 años desde que nos dimos este marco legal, bajo cuyo paraguas hemos tenido la etapa de prosperidad y paz más larga que se recuerde, y ello recomendaría no mudar lo que ha funcionado. Pero igualmente se constata la fuerza del cambio. Muchas cosas han cambiado en ese tiempo y la Constitución permanece inalterable. Estamos en la UE y en la OTAN;cayó el muro de Berlín y muchos muros de costumbres; aparecieron Internet y las redes sociales; la generación que hizo la guerra se ha retirado; el servicio militar obligatorio y ahora mismo todo parece trastocado por una crisis que nos atenaza hasta lo inimaginable y encima aparece el mayor ataque del secesionismo que se suponía superado por una Constitución aprobada mayoritariamente.

 

Con tanta mimbre conflictiva la reforma se presenta como muy conflictiva.No es tiempo de los constitucionalistas, sino de un consenso entre políticos de Estado que marquen un rumbo nuevo. Desgraciadamente no tenemos esos hombres ni sabemos a donde ir.

En la Cumbre, en los discursos del Bicentenario de la Constitución, es muy probable que se palpen estas preocupaciones



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