Qué está ocurriendo en el Vaticano

Si en un anterior artículo bordeamos y cortejamos, con delicadeza filial, la complejidad resultante de que el Papa o Sumo Pontífice sea, a la vez y junto, Soberano absoluto del Estado de la Ciudad del Vaticano, Pastor de la Iglesia Universal y Mártir como Pedro, ahora toca lo de “la aristocracia de cardenales” (Carl Schmitt), que son los electores del Papa, primus (primero) y petrinus (roca). Eso es así en los cánones, y en la realidad lo es más o menos, pues unos papas, con intensidad variable, son más primeros y petrinos que otros. Acaso sea el Papa actual, mi bendito Benedicto, mucho más primus et petrinus de que lo que parece, incluso a los especialistas o vaticanistas, que escriben libros, alguno con equivocaciones.

 

Es indiscutible que Benedicto XVI es un Papa teólogo, como indiscutible es que Pío XII fue un Papa jurista (o canonista), y hay discusiones sobre lo que fueron otros papas del siglo XX, algunos muy manoseados. Benedicto XVI es de buen humor, lo que es privilegio de su inteligencia probada; es terco o tozudo, lo que es normal al ser de cuna germánica, aunque en la modalidad bávara, muy atenuada; es austero, enigmático y trascendente, como suelen ser los del Monacato. Y es que hubo papas en el siglo XX, que tuvieron próximos colaboradores, que manejaban los dineros con habilidad de saltimbanquis, eslavos; lo que es, por cierto, de frivolidad y de intranscendencia.

 

Lo de más lujo material que, al parecer,  posee Benedicto XVI es una preciosa colección de cruces pectorales, de oros con piedras preciosas incrustadas, que también están ya a buen recaudo de las manos ladronas. Su secretario particular o “pasqualino” es tentado por el saber, las ciencias político-religiosas y las lectiones magistrales, colocándose gorritos universitarios, que no mitras episcopales, lo cual, por ahora, da tranquilidad; además, en este tiempo, no existe nada parecido al sindicato Solidarnosc. Hace unos meses, mi amigo, purpurado junto al Tevere, me dijo: “Hasta los ceremonieros encabezaron mitras –caro Angelo-; que lo de monseñor Virgilio Noé fue otra cosa”. Es verdad que Benedicto toca el piano y que escribió sobre el Niño Jesús, pero eso no significa que navegue, flote, vuele o transite entre nubes, es decir, que no gobierne. De eso, nada, siendo esa, precisamente, la causa de que esté sometido su Pontificado a una continua desestabilización y desde el principio (2005).

 

Desde que ví y oí al cardenal Ratzinger en el imponente púlpito ambrosiano de la catedral de Milán, nel pomeriggio del 14 de febrero de 2005, con ocasión del funeral por monseñor Luigi Giussani (ese mismo día fue ingresado por segunda vez en el hospital Gemelli el Papa Juan Pablo II), no dudé quién iba a ser el siguiente Papa. “Sentí” como que hubiese dicho desde el púlpito impresionándome el prefecto y perfecto Ratzinger: “Aquí estoy yo, lo que anuncio urbi et orbi”, al tiempo que los vaticanistas escribían que el papable era el diocesano Tettamanzi, que allí estaba, abajo, abajo, no arriba. Por eso, al alba del mismo martes 19 de abril (fue elegido Papa a media tarde), escribimos lo que escribimos en el diario La Nueva España (El gran elector, monseñor Ratzinger); y por aquello, el sábado 16 de abril escribimos, en el diario El Comercio (Ante el Cónclave) y después de transcribir el texto sobre “la suciedad en la Iglesia”, leído en el Coliseo romano el Viernes Santo, lo siguiente: “He ahí un programa del futuro Papado en forma de plegaria breve”.

 

Y volvamos a lo de la aristocracia cardenalicia, que parece resistirse (se recomienda con humildad la lectura de Y la tormenta se desató sobre el Vaticano el 4 de abril de 2010 y Alarmas papales el 7 de marzo de 2010). No es sorprendente –tal vez, a algunos sorprenda- que el canon 230 del Código de Derecho Canónico de Benedicto XV (1917), calificase al colegio de cardenales de “Senado del Romano Pontífice”. Y lo de Senatus nos introduce, por la puerta principal, en la Roma Imperial y en su Derecho. Fue Max Weber el que, a principios del siglo XX, fijó en tres los logros evolutivos del mundo antiguo: el monoteísmo judío, el derecho romano y la institución eclesiástica romana. No hay duda de que sobre la base del derecho romano se desarrolló el cristianismo latino y su esencial derecho; ese derecho al que Su Eminencia el cardenal Bertone, atribuye una “dimensión de ejemplaridad para la sociedad civil, induciendo a considerar el poder y su ordenamiento como un servicio a la comunidad y en el supremo interés de la persona humana” (Discurso de 14 de marzo de 2012). ¡Ojala, ojala! pero…

 

Fue un emperador romano, Constantino, el que instaló una religión, con forma muy peculiar (ecclesia) en el núcleo del Imperio. Fue portentoso que en doce años (312-324) se pasara de ser el cristianismo en primer lugar lo tolerado a serlo el  paganismo después (Paul Veyne). Sólo podemos señalar aquí el buen análisis de Hauke Brunkhorst sobre lo que llamó la Juridización de lo sacro, así como citar a Paul Veyne, con devoción, por ser el autor de esa maravilla de libro El Imperio greco-romano”, editado en 2005 por la editorial francesa Du Seuil. 

 

El beneficio de Constantino para la Iglesia fue inmenso, y la estructura del Derecho Romano, trasplantada a la Iglesia, fue una de las claves de la sobrevivencia católica hasta hoy. El aristocratismo senatorial romano, su auctoritas, vive aún hoy en el aristocratismo del colegio de cardenales, sin deber confundir a ese Colegio de vetustos con la Curia, que es diferente, aunque también la compongan vetustos. Lo parecido, por ser de la misma herencia, tiene, naturalmente, sus inconvenientes, pues hasta se heredan las deudas. La burocracia eclesiástica funcionó muy bien, consiguiendo --naturalmente con la ayuda del Espíritu Santo-- la permanencia de la Iglesia, de 2012 años de edad (al cardenal Lustiger, según escribió el 22 de diciembre de 1995  y quizá por ser judío, no le parecieron suficientes).

 

Que haya tensiones entre los que están dentro de la Curia y los que están fuera, es normal, nada llamativo; los intereses siempre van en función del lugar que se ocupe:   bien dentro o bien fuera, cómo bien explicara Max Weber. Por ello, las continuas apelaciones a reformar y descentralizar la Curia romana, incluso blandiendo textos del Concilio Vaticano II, provocan y provocarán las resistencias propias de las potentes burocracias y “de los de dentro”. En el Mayo de 1968 se coreaba y pedía: “El poder en todas partes (partout), incluso en el centro”. Eso, como tantas cosas de entonces, hoy suena a majadería de majaderos. Escrito lo cual, no quiere decir que no haya que denunciar abusos, hechos y prácticas, jurídicas y no jurídicas, impropias del tiempo presente, que no es el del Bajo Imperio romano o de la Edad Media.

 

No es correcto decir que el Papa es a la Iglesia lo que los cesares romanos eran al Imperio (romano), pero elegir a un emperador y también a un papa, es asunto muy lioso. Cuenta Paul Veyne que del año 235 al 292 d.c) hubo 17 emperadores, 14 de los cuales fueron asesinados”, incumpliéndose el deber esencial de todo emperador (del papa también) que consiste en preparar la transmisión pacífica de su trono. Que un emperador llegase a serlo por elección del Senado propició todo tipo de puñaladas y matanzas. Plinio pone en boca de un panegirista lo siguiente, terrible: “Es preferible, como emperador, a un niño mal parido que a un extranjero mal escogido”.

 

No puedo detenerme en el fascinante asunto del “análisis teórico y la compleja casuística derivada de los supuestos de transmisión  y usurpación del poder imperial“ (Derecho público romano de Fernández de Buján); sólo señalaré que, para evitar guerras civiles, crímenes y usurpaciones, los juristas echaron mano de esa ficción familiar y filial, que se llamó la adoptio (adopción). Mas tarde, los bárbaros godos, cayeron en la cuenta que era preferible esa extravagancia consistente en que el Monarca lo fuera gracias a las peripecias ambulatorias de los espermatozoides de su papá y los óvulos de su mamá, que no por un sistema electivo en el que moría hasta el apuntador (esto, naturalmente, debería explicarse más, con remisión a textos romanos, a los Concilios de Toledo y a la sabiduría del profesor G. de Valdeavellano.

 

Hoy, el único Soberano por elección (per scrutinium), por mayoría de “aristócratas”, es el papa, que, por lo que resulta de lo anterior, es un proceso muy delicado por desestabilizador. Es verdad que, como escribiera Carl Schmitt, citando a Dupanluop, “el último pastor de los Abruzos tenga la posibilidad de convertirse en ese soberano autocrático”, pero eso tiene un coste inmenso, inmenso, por luchas e intrigas. No hay “Cursus Honorum” más endiablado para llegar a ejercer el cargo –papa- más complicado en la Tierra.

 

(Continuaremos,  no contando anécdotas de cónclaves, que se pueden leer en historias y libros de vaticanistas, sino con categorías como la Constitución Apostólica Vacantur Apostolicae Sedis, promulgada por el canonista Papa Pío XII, el 8 de diciembre de 1945, con esa regla tan peculiar para la elección del Romano Pontífice, del duae saltem ex tribus parti bus Cardinalium, UNO PLUS. Analizaremos la edad del elegido, que amortigua tensiones si es “joven” o que las acelera si es ya anciano. Concluiremos con la sorpresa por haber visto a un cardenal muy papable, en Paris, a finales de febrero de este mismo año, en las inmediaciones de Notre-Dame de Paris, con preocupantes síntomas de artrosis en los dedos de sus manos. Y ¡con lo que muestran los papas sus manos!

 

 



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