Largos días de libros

Existen libros que nos   llevan sobre un  itinerario placentero entre setos y  sombras alargadas.

Esto nos está sucediendo al releer las conversaciones que el fotógrafo  Brassaï mantuvo con Picasso durante la esplendorosos años 30 en un París de manojos floridos y noches voluptuosas hasta la saciedad,  en un  Barrio Latino  incandescente como jamás volvería a ser igual.

Aquellas páginas del húngaro,  amigo igualmente de Matisse, Dalí o Giacometti, son las que mejor nos han ayudado a deslumbrar la reverdecida del genio nacido en las empalizadas del Perchel, arrabal extramuros de Málaga,  aposento en que el pintor comenzó a saber  que colorear  era moldear la propia naturaleza.

A la par, nos acompañan en estos días  otoñales del Mediterráneo valenciano,  “El desfile de la vida”, producto de la imaginación del geólogo  John Hodgdon, lances en que la evolución de la supervivencia sale a nuestro encuentro. 

Hay otros textos hoscos cuyos renglones o flechas de ballesta, desgarran, abren cicatrices y escarban en abatidos recuerdos.

De estos últimos nos adjudicamos,  inclinados al tálamo  en el que intentamos conciliar los desvaríos del sueño, la antología poética “No vendrá el diluvio tras nosotros”, versos que  Joseph Brodsky comenzó en Leningrado (San Petersburgo) y concluyó, ya exilado, en los Estados Unidos, cuando su corazón comenzaba  a deshacerse.

En esos poemas se presiente la mano del campesino que jamás pudo moldear o sembrar a su manera.

Un critico dijo  que Brodsky bebió (y fumó) la vida a grandes sorbos, y  la existencia, análogo a la traslúcida madrecita Rusia, se lo llevó de un zarpazo a  la “orilla  de miel congelada”, y  así pudo estar  cerca de la matrona que con  su pueblo - siempre en las desgracias - , galanteara en  sentido literario: Anna Ajmátova.

 Todos alguna vez al compás de salmodias, hemos abrazado agazapados a hojaranzos y noches blancas, la elegía a John Donne.

 Dormido el poeta del afecto  con la alucinación sagaz y las divagaciones envueltas en un caftán,  rapta a Brodsky.  Lo señaló Jan Sjacel:

“Los poetas no inventan los poemas / El poema está en alguna parte ahí detrás / Desde hace mucho tiempo está ahí / El poeta no hace sino descubrirlo”.

En otra vertiente, existen escritores enseñando esquinas y bifurcaciones en las trochas del resuello. Ejemplo: Adolfo Bioy Casares. Su obra es célebre, apreciada, pero no leída. Los libros, igual a  la piel, se arrugan, pierden tiesura y se vuelven cartón piedra.  Al pibe argentino le sucede eso aunque no se lo merecía. El personaje más suyo, Morel, aún sigue en busca de una isla en algún lugar del Río de la Plata.

Emprendimos   estos párrafos con el Pablo Picasso retratado con cámara de  Gyula Halász – Brassaï - , y continuamos hasta que nos llame el sueño con las tonadillas  de Rafael Alberti dichas en  “Lo que canté y dije de Picasso”.

 Leo unas estrofas:

“Pablo me dice: Estás mejor que nunca.

 Te pareces al Carlos  IV de Goya.

 El mismo  perfil, el pelo, algo rizado sobre el cuello y las orejas.

Una moneda pelucona… Un día te haré un retrato…

¿Cuándo?”.

“No hay prisa,  Pablo”, le expresó Rafael. Y no llegó haberla hasta que la luz del cristalino y la palabra se armonizaron en un rompiente sobre el  Mediterráneo que los contempló emerger.

 



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