Un hombre, un voto

Sin pretender resucitar los postulados de Carl Schmitt, que se oponía frontalmente a la igualdad de todos los hombres, y sin caer tampoco en la teoría de Schumpeter que defendía que la democracia debía quedar en manos de unos pocos -a ser posible, los mejores-, lo cierto es que los pilares sobre los que se viene sustentando la democracia se están resquebrajando, al menos en su concepción tradicional. El Brexit, la victoria de Trump y, por qué no decirlo, el triunfo de los independentistas en Cataluña, parece que están agitando un movimiento de reflexión sobre los postulados históricos de lo que considerábamos la panacea de la igualdad de los seres humanos: «un hombre, un voto».

En efecto, «un hombre, un voto» ha sido y es el lema de todos los demócratas. Pero este axioma no pasa de ser un eslógan publicitario, pura propaganda. No resiste un análisis ni cuantitativo ni cualitativo. Cuantitativamente, los votos no tienen el mismo valor. Si nos centramos en España, no vale lo mismo un voto en Soria que en Madrid. Para obtener un escaño en Soria hacen falta veinte mil votos; en Madrid son precisos ciento diez mil. Por tanto, afirmar que en democracia todos pueden votar y que todos los votos tienen el mismo valor es pura demagogia. Cualitativamente, el tema presenta perfiles aún más negativos. Muchos ciudadanos votan por razones meramente estéticas. No votan, por ejemplo a Oriol porque es feo –que lo es y mucho- y votan a Arrimadas porque es guapa –que lo es y mucho-. Otros votan emocionalmente siguiendo la tradición familiar, manteniendo la clásica distinción derechas e izquierdas. Muchos, por razones identitarias, a veces inoculadas por el odio. Muy pocos son los que votan tras leer, analizar y meditar los programas de los partidos –aun a sabiendas de que serán incumplidos- y reflexionar sobre lo que más interesa al bien común y al interés público. Cabe preguntarse entonces: ¿vale lo mismo el voto de un desinformado, desinteresado, pasota, influenciado por razones alejadas del sentido común, que el de un ciudadano informado, responsable e instruido? O como decía Pedro Ruiz: «no creo que el voto de Saramago valga lo mismo que el de un traficante».

No se trata de defender la epistocracia insinuada por Platón y perfeccionada por el filósofo y profesor de la Universidad de Georgetown  Jason Brennan que en su libro «Against Democracy» parte de la premisa de que la mayoría de los votantes son unos ignorantes, cuestionando que todos puedan votar y que todos los votos tengan el mismo valor. Pero está fuera de toda duda que hay decisiones adoptadas democráticamente de difícil explicación que demuestran que la sociedad, por la ignorancia, obcecación o desinformación de sus ciudadanos, actúa contra sus propios intereses. Y no vale apelar a la moral socrática que considera que quien obra el mal es por ignorancia del bien. No. La actualidad nos ofrece multitud de ejemplos en los que se vota el mal conociendo perfectamente su alcance y sus consecuencias. El ejemplo paradigmático lo ofrecieron las elecciones catalanas en las que la mayoría de los ciudadanos votaron a favor del caos, de la ilegalidad, del desorden, a sabiendas de los desastrosos efectos económicos, sociales y políticos de todo orden que el resultado podía acarrear. Necesitamos políticos que, al menos, sean tuertos, pero no ciegos porque si no, cuando se disipe la niebla de la ideología, reinará la ruina. Lo dijo Churchill: «el mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio».    



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