Cabras y mitómanos

Los refranes son pensamientos inmortales que conforman un variopinto panorama unido por una nota común: la sabiduría que irradian. España es un país rico en refranes. Son muchos los que se podrían traer a colación para plasmar la realidad que se está viviendo con el problema del separatismo catalán y para representar a sus personajes. Quizá el más oportuno a día de hoy sea el de «la cabra siempre tira al monte», refrán que evidencia lo difícil que les resulta a determinados personajes actuar en desacuerdo con su naturaleza.

Es aplicable tanto a Puigdemont, como a Pedro Sánchez y a Podemos. El primero es por sus antecedentes y por su trayectoria: un independentista recalcitrante. Esperar que recondujera la situación era de ilusos. El segundo aceptó a regañadientes sumarse al bloque constitucional. No se sentía cómodo y aprovechó el resquicio que ofrecía la convocatoria de elecciones para quebrar la confianza que todos los españoles habían depositado en su cordura. Vana ilusión. Pedro Sánchez no es de fiar. Seguirá poniendo palos en la rueda. Los terceros, hicieron algunos guiños a la unidad de España, pero todo fue un sueño. Poco tardaron en recuperar su carácter montaraz y revolucionario y alinearse con los separatistas, lo que está provocando fisuras entre sus más significados fundadores que les piden que hablen más de España y menos de independentismo. Como acertadamente los calificó algún comentarista, son el burro de Troya de la democracia.

Los líderes catalanes, acaudillados por un triple investigado al borde de sumar una cuarta imputación por sedición o rebelión, son fieles practicantes de la mitomanía, que es un trastorno de la personalidad que busca con sus engaños la aceptación de los demás. Hablan de democracia y actúan como dictadores; apelan al mandato recibido de los ciudadanos y se olvidan de que ese hipotético mandato emana de un referéndum ilegal; hablan de derechos humanos y pisotean a quienes no se alinean con sus tesis; desoyen a sus letrados o no, según les convenga; se burlan, desobedecen, desprecian y reniegan del Tribunal Constitucional y acuden a él para buscar amparo.

Esta discordancia entre lo que se dice y lo que se hace, entre la sentencia y la creencia, apunta a una enfermedad mental que hace que los sujetos afectados pierdan la coordinación entre pensar y existir, entre razonar y actuar. Es la enfermedad del alma, de la mente, del sentido común, de la racionalidad. Conduce al caos. .

Lo mejor que le puede pasar a Cataluña y a España es que de una vez por todas se aplique el artículo 155 y se acabe de una vez con este esperpento, con este circo, con esta vergüenza colectiva. El 155 puede acarrear problemas de orden público, seguro. Pero cualquier cosa mejor que la incertidumbre.

La lealtad no se compra, se construye, pero, no lo olvidemos, la triste regla es y será: a más autonomía, mas nacionalismo.

Al momento de enviar este artículo no sabemos si el Parlamento catalán declaró la independencia. Lo que si está claro es que el Estado de Derecho ha sido profanado, pero no enterrado. Apelemos al lenguaje de las flores -dada la proximidad de la festividad de Todos los Santos- y enviémosle a Puigdemont unas violetas, que significan humildad y modestia, y al resto de los españoles un ramo de caléndulas y campanillas, que apelan al dolor pero también al consuelo y a la esperanza.

Como decía Josep Plá “El catalanismo no se puede desvincular de España. Cataluña fabrica muchos calzoncillos pero no tiene tantos culos”.

 

 

 



Dejar un comentario

captcha