La perpetúa violencia

La mayoría de las mujeres, puertas adentro, se convierten en un amasijo de padecimientos. Y lo  dicen las frías estadísticas, la verdad hecha guarismos.

 Cada hembra en la historia humana  ha subido todos los escalones de la marginación. El matriarcado ha sido una rara excepción.

Algunas libertades han conseguido en Occidente en ciertas escalas, no en todas. Grupos de las llamadas  damas/fuertes, por su ímpetu, se han situado al nivel justo, tanto, que algunas se han masculinizado, es decir, traspasaron la raya, aunque siempre será mejor esa actitud que la esclavitud a cuenta de disponer en la entrepierna de un  sexo en forma de triángulo igual a una rosa sangrante  de Cachemira.

 En las naciones del llamado “tercer mundo”, en  los llamados “cinturones sociales” de las ciudades, en los barrios de “ranchitos”, “chabolas” o “villas miseria”, la fémina es un objeto erótico y de carga. Pocas pasan de ahí.

 Se puede decir que esto es  exagerado. No. La mayoría de esas jóvenes  damiselas que vemos por las calles tan liberadas ellas, tienen en su interior un drama abierto en carne viva: la desolación que cabe en un cuerpo.

Entre nosotros, el maltrato a la hembra es una de las características de sociedad machista. Cada día los medios de comunicación informan de de asesinatos violentos y de maltratos sufridos por mujeres sin que exista una respuesta  firme al problema. Negar que no se hace nada sería igualmente injusto, pero son tan continuos  los dramas que pocos son los esfuerzos que lleven a cortar de cuajo esa sangría.

La ablación femenina es considerada una práctica higiénica, y la verdad es otra, al ser la eliminación del placer sexual de la mujer, amén de que está demostrado que esa mutilación del clítoris  entraña un grave  riesgo para la vida de la joven niña  a quien se le practica.

Se calcula que cada año en las naciones musulmanas más de 20.000 mujeres mueren a cuenta de esa maña. Amnistía Internacional hace lo que bien puede, lo mismo que organismos humanitarios de las Naciones Unidas, intentando erradicar tan salvaje costumbre. Difícil  lucha cuando hay que enfrentarse con el fanatismo de grupos apoyados en “La Shari” o ley coránica.

Y si hoy borroneamos estas líneas es a razón de  haber recibido una carta de una joven  en la que dice como desde su más tierna infancia su existencia palpó las puertas del infierno en la tierra de una forma aberrante.

“Le escribo – dice -  después de haber leído  uno de sus últimos artículos  centrado en la violencia contra las mujeres”.

“He recibido – expresa en letra menuda, apretada, como si deseará esconderse de algo temeroso -  malos tratos por el simple hecho de haber nacido hembra. Mi padre quería un varón, y esa desilusión la ha tenido que sufrir mi persona permanentemente. Un hermano intentó violarme. No pudo. Lo consiguió poco tiempo después un primo, sin que en la casa nadie moviera un músculo  para impedirlo. Eso, a pesar de ser áspero, como un punzón que te desgarra por dentro, se supera, o por lo menos yo lo hice, pero lo que no he conseguido transferir, hacer olvido, es la sensación de ser como un mueble arrinconado en una celda.

“Tengo 22 años y hace dos  abandoné a la familia – si así se  puede llamar al purgatorio-, y durante todo ese el  tiempo no he podido formar una pareja aún deseando con fervor disfrutar de un hogar con hijos”.

 La misiva no lleva dirección igual que muchos corazones femeninos, al ser sabido que los padecimientos continuos borran  hasta la identidad de la propia existencia.

Actualmente la violencia machista  es el rayo  desgarrado que no cesa.

 



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