Aquiles, la tortuga y la autoayuda (Eutrapelia didáctica agosteña)

Es conocida la llamada «Paradoja de Aquiles y la tortuga», propuesta por Zenón de Elea en el contexto de un debate sobre ciertos conceptos matemáticos de los pitagóricos. En sustancia, el «exemplum» afirma que, lanzado Aquiles en persecución de una tortuga, y de ser el espacio divisible en infinitos espacios, aquel nunca alcanzará a esta, puesto que, cuando Aquiles hubiere recorrido un espacio equis hasta la testudo, ella habría recorrido otro, por pequeño que fuere, cuya distancia habría de volver a recorrer el de los ágiles pies, y así sucesiva e infinitamente.

               Si desde el punto de vista de la argumentación, el caso del hijo de Tetis y Peleo es un puro sofisma y desde el de la realidad una filfa, sin embargo su formulación nos viene muy bien como método para la autoayuda en la superación de determinados obstáculos y la consecución de determinados objetivos. Mutatis mutandis, es idéntico método —como habrán oído tal vez a Perico Delgado en sus retransmisiones— a aquel que utilizan para seguir adelante los corredores que, extenuados o al límite de sus fuerzas,  prosiguen en su ascenso de las pindias cuestas alpinas: fijarse en aquella próxima curva, poner la vista en cierto coche aparcado, llegar hasta una determinada señal en el terreno; poco a poco, objetivos limitados y asequibles sucesivamente, en una palabra.

               He ahí un buen método, el aquileo-queloniano, para dejar de fumar o ponerse a dieta. Nunca se diga usted: «A partir de mañana no fumo más» o «Desde ahora mismo quito el pan para siempre». Esos objetivos absolutos se hacen difíciles de sobrellevar anímicamente. Vaya usted pasu ente pasu. Propóngase no fumar durante sólo un día. Conseguido, repita o amplíe el plazo a dos días. Y así progresivamente, de modo que su psique no se vea compelida a ser derrotada por la magnitud del esfuerzo, sino impelida por la nimiedad del objetivo, y, logrado este, confortada por el éxito y afalada a obtener otros mayores. Del mismo modo, si quiere ir rebajando comidas, vaya poco a poco. Acostúmbrese, inicialmente, a la simple tarea de dejar una cucharada o dos en el plato, o a privarse de los postres dulces únicamente un par de días o una fecha fija a la semana o a quitar progresivamente la sal. Y, después, avance por esa senda, adulces, poco a poco. Y haga siempre pública ostentación y reto, dígaselo a sus próximos: «No, hoy no fumo porque no me da la gana, he hecho una apuesta conmigo mismo», «Llevo ya una semana sin comer ni un pastel, ni siquiera un carbayón».

               Idéntica manera de proceder para los esfuerzos físicos o para los aprendizajes: corra en las primeras jornadas únicamente veinticinco metros o realice tan solo cinco flexiones; aprenda tres o cuatro vocablos, nada más, del idioma extranjero.

               En lo que no parece tener utilidad el sistema del jalonamiento es para, a partir de cierta edad, recuperar los inevitables agravios que el tiempo («Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora…») inflige en la otrora indesmayable actividad sexual. Si acaso, de forma secundaria, podría usarse el método para utilizar con parsimonia el remedio azul, al modo del catalán proverbial del chiste, que, en vez de consumir de una sentada la pastilla, le daba lambetadas sucesivas y, a cada una, comprobaba el efecto, por guardar para otra ocasión, una vez conseguido el estímulo, lo sobrante de la gragea.

               Para ilustrar lo que vengo diciendo les recomiendo que busquen en Youtube dos canciones de la Bella Dorita, «Régimen severo» y «Poco a poco». Con esta tendrán un ejemplo clásico del método de los fiensos o jalones, aquí pregonado. Con la primera, verán cómo las preocupaciones que nos parecen tan de hoy son en realidad antiguas, y podrán reflexionar sobre dos verdades: aquella que ya nos decía el Eclesiastés (1.10) de que nada nuevo hay bajo el sol y acerca de cómo, desde siempre, la pródiga y sabia naturaleza nos provee siempre de aquello que necesitamos, ya de forma espontánea, ya mediante industria nuestra. Y es que no hay nada —en términos cartesianos— que la res extensa no desee o necesite que no acuda con prontitud a subvenirla la res cogitans. Lo que, de otra forma, viene a expresar el latín macarrónico del apotegma escolar: «intellectus (o salva sea la parte) apretatus discurrit que rabiat».



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