Un nuevo contrato social para promover el desarrollo

A veces, los acontecimientos tienen repercusiones que van más allá de sus consecuencias inmediatas. 

La confiscación, en diciembre de 2010, de las balanzas del puesto de frutas de Mohamed Bouazizi, las bofetadas que le propinó la policía frente a los espectadores y el hecho que no se le hiciera caso cuando intentó presentar una denuncia llevaron a este hombre herido y frustrado a inmolarse en público. La consecuencia inmediata fue el estallido de una ola de protestas que se extendió a todo el país y el Oriente Medio.

A través de Facebook, Twitter y los medios sociales, la muerte de Bouazizi derribó un régimen cuyos medios de información oficiales se refirieron durante varios días a esta tragedia simplemente como “el incidente”. Resultó que en Túnez había decenas de miles de Bouazizis. En efecto, sus semejantes pueden encontrarse en todo el mundo, dondequiera que a los hombres, mujeres y niños se les nieguen las oportunidades y la esperanza debido a la pobreza, la exclusión social, la privación de sus derechos civiles y la falta del imperio de la ley. Pero las enseñanzas que deja la experiencia de Túnez y el Oriente Medio se extienden más allá de una región, un país o un mercado. Detrás de la muerte de un vendedor de frutas hay mucho más que la convulsión política que sacude a la región. Aquí hay enseñanzas para la región, para el mundo, para los gobiernos, para las instituciones de desarrollo y para las ciencias económicas.

Modernización del multilateralismo: ¿El mundo árabe es diferente?


Desde que llegué al Banco Mundial en 2007, he sostenido que debemos “modernizar el multilateralismo”.

Eso significa reformar las instituciones internacionales, como el Grupo del Banco Mundial y el FMI, para que reflejen mejor las realidades de la transformación del poder económico que está ocurriendo hoy en el mundo.

Significa urgir a nuestras instituciones para que actúen con más rapidez, sean más flexibles y más abiertas y estén más atentas a las necesidades de los clientes.

Significa concentrarse en resolver los problemas de una manera pragmática, y no limitarse a analizar el tema de los pobres como objeto de las políticas formuladas por los expertos.

Significa democratizar la economía del desarrollo de manera que todos puedan tomar parte en el diseño, ejecución y mejora constante de las soluciones en materia de desarrollo.

Significa reconocer que las organizaciones concebidas con jerarquías de mediados del siglo XX ahora deben conectarse entre sí con agilidad y destreza a través de redes verdaderamente mundiales: de gobiernos, empresas privadas, grupos de la sociedad civil, otros organismos internacionales y parlamentarios.


Significa no permitir que el recurso al “multilateralismo” se convierta en excusa para la inacción colectiva; debemos conseguir que el multilateralismo funcione.

Y significa relegar al pasado los viejos epítetos de “primer”, “segundo” y “tercer” mundo, y reconocer que las presunciones de que el conocimiento y el poder deben fluir de norte a sur, de Occidente a Oriente, de ricos a pobres, han quedado obsoletas.

No obstante, relegar viejos epítetos al pasado no es lo mismo que decir que todos los países y regiones son iguales.



En 2007, conscientes precisamente de esas diferencias, pusimos en marcha una iniciativa para el mundo árabe como uno de los seis temas estratégicos del Banco Mundial. Algunos se preguntaban a qué obedecía esa atención especial.

 

En mi alocución durante las Reuniones Anuales de 2007, dije lo siguiente: “[U]no de los desafíos más notables de nuestro tiempo es el de ayudar a quienes tratan de promover el desarrollo y las oportunidades en el mundo árabe. En el pasado, estas tierras fueron un emporio de comercio y de conocimientos, lo que demuestra su potencial si pueden superar los enfrentamientos y obstáculos al crecimiento y al desarrollo social. Sin un crecimiento de amplia base, estos países se encontrarán con tensiones sociales y un gran número de jóvenes sin empleo”.


Los motivos para prestar una atención especial al mundo árabe parecían claros entonces y son ciertos ahora: con excepción del sector del petróleo, esta región no está suficientemente integrada en la economía mundial. Registra la mayor tasa de desempleo de todas las regiones en desarrollo, las más altas tasas de desempleados entre las personas con mayor nivel de instrucción, y las tasas más bajas de participación de las mujeres.

 

Tanto en los países pobres como en los que gozan de mayor riqueza hay una falta de diversidad económica, deficiencias en la rendición de cuentas públicas, corrupción y conflictos.

Las economías muestran una fuerte inclinación hacia las exportaciones de petróleo y productos básicos. En 2008, las exportaciones no petroleras representaban apenas el 16% del PIB de la región del Oriente Medio y Norte de África, en comparación con el 44% en Asia Oriental.

La falta de diversificación significa que la región carece de un sector dinámico de manufacturas y servicios que pueda ofrecer empleos en la actualidad y en el futuro.

 

Con una inversión privada que, en promedio, alcanza apenas alrededor del 15% del PIB, en comparación con casi el 25% del PIB en Asia meridional, a la gran cantidad de jóvenes que existe en la región no les queda más que buscar trabajo en el sector público, donde el empleo es escaso, o salir a la calle. 

 

A pesar de esta situación, ha habido progresos. Los indicadores tales como la mortalidad infantil, la mortalidad materna, la alfabetización y la esperanza de vida han mejorado, y el porcentaje de la población que vive con menos de US$1,25 al día ha disminuido.

 

En el ámbito económico, ha habido mejoras en el desempeño macroeconómico; el crecimiento de la economía ha sido constante en varios países, aunque no suficiente para satisfacer la demanda de empleo, y antes de la crisis mundial se habían observado algunas señales iniciales de aumento de la inversión extranjera.

Sin embargo, las instituciones se quedaron embotadas, y la modernización ha sido demasiado parcial y demasiado dependiente de un pequeño número de reformadores como para afianzarse. Las iniciativas impuestas desde arriba bloquearon la participación pública o la posibilidad de ventilar las quejas. Se eliminaron las formas tradicionales de consulta social. Las élites gobernantes quedaron aisladas.

¿Qué se debe hacer? De la política a la economía


El año pasado pronuncié un discurso en el que preguntaba adónde nos había conducido la economía del desarrollo, y si esta nos era útil.

En esa oportunidad insté a que pusiéramos la economía del desarrollo al servicio de las personas —los ministros, los responsables de las políticas, los dirigentes comunitarios y, por cierto, los vendedores de frutas— y a no dejarla en el ámbito abstracto y teórico. Una economía que hace posible superar las dificultades de la realidad cotidiana es una economía de mercado perspicaz.


Tal vez no exista otro lugar donde esto sea más apropiado que en el Oriente Medio.

Hace dos semanas convocamos una conferencia en el Banco Mundial para escuchar las voces árabes: grupos de jóvenes, organizaciones de mujeres, promotores del cambio.

¿Qué quieren?

 

Quieren oportunidades, justicia, trabajo. 

Quieren leyes y reglamentos justos, previsibles y transparentes.


Quieren alimentos y un techo para sus familias, buenas escuelas para sus hijos y barrios seguros.

Quieren una fuerza policial protectora, no depredadora; quieren gobiernos en los que se pueda confiar.

Quieren tener voz y quieren que haya rendición de cuentas, y quieren todo esto en sus poblados, ciudades y barrios.

Quieren tener la facultad de influir en unos servicios públicos que se encuentran tan distorsionados que no están abiertos al público ni ofrecen servicios reales. 

Quieren información y quieren el derecho a saber y a participar.

Quieren un nuevo contrato social.

 

Quieren dignidad.

Quieren respeto.

 

Y las mujeres también quieren las mismas cosas.


Entre los aquí presentes hay quienes dirán que, efectivamente, tal vez eso sea lo que quieren, pero que todo ello cae en el ámbito político, no económico.

Y yo estoy aquí para decirles lo siguiente: algo de eso puede ser considerado como del ámbito de la política, pero también sabemos que la mayor parte es un planteamiento económico acertado; sabemos que la mayor parte es buena para combatir la corrupción; sabemos que la mayor parte es favorable para un desarrollo inclusivo y sostenible.

Una manera diferente de promover el desarrollo: Un nuevo contrato social


Veinte años atrás, en el Banco Mundial no se hablaba de la corrupción. El personal se refería a esa palabra de manera soslayada, y nuestros accionistas y el Directorio consideraban que era demasiado política y la autocensurábamos de nuestros documentos. Hoy día, la lucha contra la corrupción es un aspecto fundamental de los proyectos y programas del Banco Mundial. Los accionistas saben que la corrupción es una traba para las economías, constituye una exacción para los pobres e impide aprovechar las oportunidades.

 

Dieciocho años atrás, en el Banco Mundial rara vez se hablaba de género. Algunos sostenían que era un tema demasiado político. Hoy sabemos que la igualdad de género es una estrategia económica acertada. Sabemos que en los países donde existe mayor igualdad de género las tasas de pobreza suelen ser más bajas; que las posibilidades de sobrevivencia de los niños son 20 veces superiores si el ingreso llega a manos de sus madres; que con solo dar a las mujeres más control sobre los insumos agrícolas, la productividad agrícola puede ser hasta 20 veces superior en algunos países.

 

Diez años atrás, recién comenzábamos a hablar de transparencia. Hoy día, el Banco Mundial es la única institución multilateral que cuenta con una amplia política sobre libertad de información; hemos abierto de par en par las puertas a nuestras investigaciones y dado acceso a más de 4000 conjuntos de datos; estamos diseñando aplicaciones de software y organizando concursos para inventar aplicaciones que permitan a los investigadores, los profesionales y la sociedad civil hacer sus propios cálculos y corroborar los nuestros.

Lucha contra la corrupción, género, transparencia. Es fundamental que el Grupo del Banco Mundial se ponga a prueba continuamente a fin de renovar sus ideas sobre el desarrollo.

 

Y es fundamental que un multilateralismo modernizado esté abierto a nuevas ideas.

 

No debemos detenernos allí.


Sabemos cuán importante es que un país publique sus estadísticas económicas, que sus funciones de auditoría sean independientes y que sus finanzas públicas sean transparentes.


Sabemos que en Egipto, por ejemplo, no se daban a conocer públicamente ni siquiera muchas de las estadísticas económicas básicas. Hace algunos años, colaboramos con reformadores egipcios para preparar una ley sobre libertad de información, pero la iniciativa no prosperó debido a la lentitud del sistema.

 

Ahora, el gobierno de transición ha reanudado el anteproyecto y quiere que el Banco Mundial ayude a imprimir más transparencia en los ingresos del sector del petróleo y gas.


En Túnez, las autoridades ahora están tomando medidas para recuperar activos robados, tanto dentro como fuera del país, y aumentar la libertad de asociación y el acceso a la información.

 

Sabemos lo importante que es contar con sistemas de adquisiciones transparentes. Sabemos que según la manera en que un país maneje las adquisiciones, es posible combatir la corrupción, generar competencia, ahorrar dinero y mejorar los servicios públicos. Hasta ahora hemos colaborado con 41 países de todo el mundo para mejorar la transparencia, la competitividad y la eficiencia de las compras del Estado.

 

Hemos trabajado con 34 países para aumentar el acceso de la ciudadanía a la información pública.

 

Y la Corporación Financiera Internacional actualmente está abocada al tema del gobierno de las empresas en 64 países y trabaja con más de 3200 firmas.


Estas no son meras cuestiones técnicas. Tampoco son lujos reservados exclusivamente a los países desarrollados. Son indicativas de la calidad de la gestión de gobierno. Mejoran las políticas públicas. Revelan integridad. Transmiten respeto por el público. Tratan la función pública como un fideicomiso. Estas pueden parecer cuestiones políticas, pero evidentemente son de carácter económico.

 

Estos temas forman parte de la economía de la elección social. Los teóricos de la elección social nos advirtieron que debíamos pensar en cómo funcionan realmente los gobiernos, en comparación con cómo desearíamos que funcionaran. Los promotores de la elección social han exigido mejores incentivos y oportunidades para que los ciudadanos fiscalicen al gobierno con mayor eficacia. Y tienen razón.



Las instituciones son importantes 

Los acontecimientos actuales en el Oriente Medio son trascendentales.

Pero también traen a la memoria el pasado.

La humillación que sufrió el vendedor de frutas en Túnez hace recordar el acoso que padeció un sacerdote húngaro en Rumania in 1989. Entonces, las protestas fueron aumentando hasta estallar en una sangrienta rebelión que puso fin a 22 años de dominio del dictador Nicolae Ceausescu, de la misma manera como las manifestaciones en Túnez pusieron fin a la era del presidente Ben Ali.

No obstante, si bien la chispa que enciende todo puede ser similar, el rumbo que toma una conflagración revolucionaria no se puede predecir.

Aún no sabemos si lo ocurrido en 2011 es semejante a los acontecimientos de 1989, 1979, 1968, 1848 o...

Lo que sí sabemos —como se subraya en el Informe sobre el desarrollo mundial 2011: Conflicto, seguridad y desarrollo, que será publicado la próxima semana— es que el fortalecimiento de las instituciones legítimas y del buen gobierno en beneficio de la seguridad de los ciudadanos, la justicia y el empleo es fundamental para evitar que se repitan los ciclos de inestabilidad y violencia.

 

No basta con que haya personas heroicas. Es importante la participación ciudadana, y una clara comunicación entre la sociedad y el gobierno.


El Banco Mundial colaborará con los gobiernos de la región y de todo el mundo para ayudar a aumentar su eficacia y la rendición de cuentas. El grado de éxito dependerá de la disposición de los gobiernos a ceder el control y avanzar hacia una mayor apertura.

 

Si los gobiernos dan paso a las oportunidades que ofrece el sector privado, si dejan atrás las oligarquías y oligopolios, si aprovechan la energía de sus sociedades y respetan la elección social, es mucho lo que se puede hacer. 

Ningún país puede alcanzar su potencial si desprecia las habilidades de la mitad de su población: las mujeres y las niñas.

 

El mensaje para nuestros clientes es que, cualquiera sea su sistema político, no se puede lograr un desarrollo favorable sin una buena gestión de gobierno y sin la participación de los ciudadanos.


Alentaremos a los gobiernos a publicar información, promulgar leyes de libertad de información, dar a conocer sus procesos presupuestarios y de adquisiciones, establecer funciones de auditoría independientes y promover reformas del sistema de administración de justicia.

No concederemos préstamos directos para financiar presupuestos a países que no los den a conocer públicamente o, en casos excepcionales, que no se comprometan al menos a publicarlos dentro de un plazo de 12 meses.


Difundiremos ejemplos de cómo una mejor gestión de gobierno y una mayor participación ciudadana han dado buenos resultados en otros países en desarrollo.

En México, un grupo de seis ONG se valió de una ley sobre derecho a la información para enterarse acerca de la reasignación arbitraria de US$3 millones de fondos públicos que originalmente estaban destinados a un programa de prevención del VIH/sida.
 

Se informó de este descubrimiento a promotores de reformas en el gobierno, lo que derivó en el establecimiento de mecanismos oficiales para la rendición de cuentas, con inclusión de auditorías periódicas de las asignaciones presupuestarias.

En Sudáfrica, un sistema de seguimiento para la rendición de cuentas sobre los servicios públicos dirigido por la Rhodes University, en cooperación con las instituciones supremas de auditoría, se ha valido de la transparencia para mejorar la aplicación de las regulaciones sobre finanzas públicas, lo que ha resultado en una mejora de la prestación de servicios. 

Los ciudadanos son importantes 

Las instituciones son importantes, pero también lo son los ciudadanos.


Una sociedad civil vigorosa puede verificar los presupuestos, buscar y publicar información, poner en tela de juicio las burocracias asfixiantes, proteger la propiedad privada y vigilar la prestación de servicios. La sociedad civil también puede insistir en que se respeten los derechos de los ciudadanos. Y además puede asumir responsabilidades.

 

Una opinión pública dotada de medios y facultades es el cimiento sobre el cual se puede construir una sociedad más firme, un gobierno más eficaz y un Estado más próspero.

 

Todo esto se ha podido comprobar en las inversiones realizadas en todo el mundo para promover el desarrollo impulsado por la comunidad, donde los recursos financieros se entregan directamente a las comunidades locales para que estas puedan establecer sus propias prioridades, supervisar sus propios proyectos y dar seguimiento a sus propios fondos. Sin ser una estrategia perfecta, habilitar a los ciudadanos puede resultar muy eficaz. En los últimos 10 años, el Banco Mundial ha brindado apoyo a decenas de miles de poblados y barrios a través de proyectos impulsados por la comunidad en más de 100 países.

Comprobamos los efectos en Uganda, donde los presupuestos de las escuelas locales se publicaban en la puerta de los establecimientos educacionales para que los padres pudieran comprobar la recepción de los libros de texto o la llegada de los profesores... y los resultados mejoraron.

En China se han realizado “encuestas deliberativas” en las comunidades rurales para consultar a la población acerca del precio del agua o la electricidad, o la reubicación de agricultores. Algunas autoridades chinas han instituido encuestas para evaluar el desempeño. El Banco está financiando un proyecto sobre pobreza en 70 poblados pobres de China que se apoya en elementos del desarrollo impulsado por la comunidad para fomentar la toma de decisiones, la gestión y el seguimiento del desarrollo local en forma colectiva.

 

Las nuevas tecnologías hacen posible obtener realimentación específica de manera más eficaz y en tiempo real. 

Cabe señalar el ejemplo de Senegal, donde en el marco de un programa comunitario se planea dar seguimiento al estado nutricional de los niños mediante el envío de mensajes de texto sobre el peso y la salud de los niños.

 

O el caso de la plataforma Ushahidi —que significa “testimonio”—, lanzada por primera vez en Kenya por jóvenes africanos y que se ha transformado en un fenómeno mundial. Esta plataforma abierta y de acceso público permite a los usuarios de todo el mundo enviar diversos tipos de información, imágenes digitales y grabaciones de video a través de teléfonos móviles con sistema de mensajes de texto, teléfonos inteligentes y el sitio web de Ushahidi. 

Creada originalmente para informar, seguir y reaccionar ante los eventos posteriores a las elecciones de 2008 en Kenya, Ushahidi ahora permite a usuarios de distintas regiones seguir la evolución del brote de gripe porcina en todo el mundo, u observar las actividades de socorro tras los terremotos de Chile y Haití.

El Banco Mundial está apoyando iniciativas similares para reforzar la responsabilidad social.


En África, estamos promoviendo la formación de coaliciones nacionales entre la sociedad civil, el gobierno y el sector privado para promover la transparencia y fiscalizar la adjudicación y ejecución de los contratos, incluidas las concesiones para las industrias extractivas.

 

A través de nuestro programa “Mapping for Results”, procuramos llegar a los beneficiarios por medio de teléfonos móviles y aparatos portátiles para obtener sus comentarios sobre los proyectos, de manera que juntos podamos verificar los resultados reales, y mejorarlos.

 

También estamos colaborando con ANSA —las Redes Afiliadas para la Responsabilidad Social—, entre otras cosas, para ayudar a poner en marcha y apoyar a la nueva ANSA – Arab World: una red regional de profesionales dedicada al gobierno participativo y la responsabilidad social en el mundo árabe, que se inaugurará este año.

 

 

Un multilateralismo modernizado debe evolucionar


En 1944, el Banco Mundial fue creado por los gobiernos de los países para otorgar préstamos a los gobiernos.

 

En 1956, nuestros accionistas establecieron la Corporación Financiera Internacional (IFC) para realizar inversiones en el sector privado.


Ahora puede haber llegado el momento de invertir en el sector privado sin fines de lucro —la sociedad civil— para ayudar a reforzar la capacidad de las organizaciones dedicadas a la transparencia, la rendición de cuentas y la prestación de servicios.

 

En nuestra propia estrategia sobre buen gobierno y lucha contra la corrupción, que cuenta con el respaldo del Directorio Ejecutivo, se resalta la importancia de intensificar nuestra labor con ciudadanos comprometidos, mediante el fortalecimiento de la transparencia, la participación y el seguimiento de nuestras operaciones por terceros.

 

En un examen reciente del Fondo Japonés de Desarrollo Social, del Banco Mundial, se comprobó que los proyectos obtenían mejores resultados cuando en ellos participaban organizaciones de la sociedad civil (OSC). Estudios externos han demostrado que cuando las OSC participan en el diseño, seguimiento, evaluación y gestión de los servicios públicos, los recursos presupuestarios se utilizan mejor, los servicios son más adecuados y existe menos corrupción. 

 

Ya estamos trabajando con la sociedad civil y con los beneficiarios en más de la mitad de las operaciones nuevas.

Pero para poder participar de manera eficaz, los grupos de la sociedad civil deben fortalecer su capacidad. El Fondo para el Buen Gobierno y la Transparencia, del Reino Unido, ha sido pionero en ofrecer apoyo público.

 

Creo que ha llegado el momento de que el Banco Mundial examine con su Directorio Ejecutivo y sus accionistas si la institución necesita nuevas capacidades o mecanismos que pudieran movilizar apoyo procedente de países, fundaciones y otras fuentes para fortalecer la capacidad de las OSC dedicadas a promover la rendición de cuentas y la transparencia en la prestación de servicios. Podríamos dar prioridad a los países del Oriente Medio y Norte de África, y de África al sur del Sahara. Podríamos respaldar esta labor mediante el suministro de capital inicial, el intercambio de conocimientos e investigaciones orientadas a crear condiciones más propicias para la promoción de la responsabilidad social.

 

¿Un tema demasiado político?

 

De una u otra manera, un multilateralismo modernizado debe reconocer que las inversiones en la sociedad civil y la responsabilidad social serán tan importantes para el desarrollo en el Oriente Medio y otros lugares como las inversiones en infraestructura, empresas, fábricas o explotaciones agrícolas.

 

Empleo, empleo y más empleo

Cuando existen instituciones legítimas y los ciudadanos cuentan con los medios y facultades adecuados, la diferencia puede ser muy grande. Pero los ciudadanos igual necesitan trabajar. 

En el Oriente Medio, los regímenes han intentado contener el aumento del desempleo con una combinación de represión política, empleo en el sector público y subsidios a los alimentos, combustibles y otras necesidades.

Esas medidas permitieron ganar tiempo, pero no consiguieron mucho más.

 

Costosas e ineficientes, han fomentado el nepotismo, pero no han satisfecho las necesidades; han promovido el amiguismo, no la competitividad; la corrupción, no el capitalismo.

 

La Organización Internacional del Trabajo estima que la tasa de desempleo de los jóvenes de entre 15 y 24 años de edad en el Oriente Medio llega al 25%. Una encuesta que realizamos a 1500 jóvenes reveló que la tasa de desempleo percibida o autodeclarada era incluso mayor, del 35% al 40%. En Egipto y Jordania, el desempleo de las mujeres jóvenes es del 40%.

 

El costo de oportunidad directo del desempleo de los jóvenes en el mundo árabe se estima en hasta US$50 000 millones al año. 

En el Oriente Medio, los gobiernos enfrentan enormes expectativas de la población joven, que quiere trabajo ahora. La inacción plantea riesgos. Y también los plantearán las medidas equivocadas.

La reforma de las políticas será tan importante como los recursos financieros.

 

Dichas reformas deben sustentarse en un proceso de consultas amplio e inclusivo, en el que también participen los jóvenes. Y las reformas tienen que ser transparentes y rápidas.

Los responsables de las políticas deben pensar a corto, mediano y largo plazo, y de una manera integral.


En el corto plazo, lo prioritario puede ser buscar soluciones rápidas que permitan conseguir resultados inmediatos para generar confianza y lograr aceptación política.


Para eso puede ser necesario realizar proyectos de corto plazo que requieran un uso intensivo de mano de obra. No significa necesariamente agrandar el sector público. No debería significar necesariamente crear puestos de trabajo que perjudiquen el empleo a mediano y largo plazo en el sector privado.


En un examen realizado por el Banco Mundial en 2009 de las iniciativas con uso intensivo de mano de obra en 43 países de ingreso bajo e ingreso mediano a lo largo de 20 años, se comprueba que los programas bien dirigidos, con sueldos que no desalientan el empleo en el sector privado, pueden brindar ayuda a la población pobre y vulnerable.

En Liberia, un plan de empleo de emergencia creó 90 000 empleos en dos años. En Afganistán, el programa nacional de vialidad para dar acceso a las zonas rurales generó 12,4 millones de días laborales para la construcción o rehabilitación de 10 000 km de caminos. Ambas iniciativas ayudaron a estabilizar rápidamente situaciones delicadas.

En Túnez, Jordania y Líbano existen programas de servicios dirigidos a los jóvenes, por ejemplo, para emplear a estudiantes universitarios titulados para que enseñen en comunidades pobres, y esas iniciativas podrían ampliarse.

Las soluciones rápidas también pueden consistir en enviar señales tempranas al sector privado para demostrar el compromiso con los empresarios, pequeñas empresas e inversionistas.

 

Medidas tales como reducir la burocracia, agilizar la aprobación de permisos, reformar las leyes de quiebra y flexibilizar las rigideces de las entidades reguladoras podrían ser indicativas de una transformación. ¿Recuerdan las frustraciones del vendedor de frutas tunecino que intentaba ganarse la vida sin contar con un permiso, que constantemente se veía involucrado en peleas por la ubicación de su puesto ambulante y sufría el continuo acoso de funcionarios subalternos? Los gobiernos de la región harían bien en acordarse de él también.

 

Si los gobiernos toman la iniciativa en esas reformas, el Grupo del Banco Mundial y otras organizaciones pueden amplificar los beneficios promoviendo algunas inversiones importantes. A principios de los años sesenta, en Corea las condiciones eran similares. Al igual que en Corea en esa época, hoy día los países del Oriente Medio deben facilitar una rápida expansión de las exportaciones con uso intensivo de mano de obra.

Las soluciones rápidas son, por su naturaleza, de corta duración. Pero en el Oriente Medio existe un problema de empleo a largo plazo. 

En la próxima década habrá que crear por lo menos 40 millones de puestos de trabajo en la región.


En el libro de Marcus Noland y Howard Pack titulado The Arab Economies in a Changing World, publicado precisamente aquí por el Peterson Institute en 2007, se describen algunas de las políticas que hacen falta.

 

Para crear empleos, aumentar la productividad y conseguir una mayor integración en la economía mundial, los países deberán estar dispuestos a importar conocimientos técnicos, tecnologías y sistemas industriales y logísticos, ya sea a través de la inversión extranjera, la obtención de licencias u otros vínculos comerciales a fin de superar el aislamiento.

 

El cambio de las circunstancias podría imprimir nuevo impulso para derribar obstáculos a la integración de la región, que se ha quedado muy rezagada con respecto a otras partes del mundo.

 

 

La educación deberá ser adecuada a los requerimientos de los puestos de trabajo. La instrucción técnica puede acelerar el ritmo de absorción de ideas y mejores prácticas.

 

Cuando existen los incentivos apropiados, las políticas públicas pueden hacer posible la acción privada: IFC pondrá en marcha un nuevo programa de inversiones en educación orientada al empleo con el propósito de promover la formación de alianzas público-privadas en el ámbito de la capacitación profesional y técnica impulsada por la demanda.

 

Las decisiones económicas que adopten los países serán cruciales. Viet Nam y Argelia eran colonias francesas que padecieron años de disturbios civiles.

Viet Nam tomó la iniciativa y aprovechó las oportunidades para abrir su economía a los mercados y tecnologías internacionales, basándose en los modelos asiáticos. Los modelos que resulten exitosos en algunos países árabes servirán de muestra a otros. La prosperidad se puede lograr por muchas vías, pero hay que elegir una. La inacción no lleva a ninguna parte.


Y redes de protección social

 

La realidad es que en el corto plazo habrá escasez de empleo y abundancia de política.

 

Sabemos que, a la larga, la mejor red de protección es tener empleo.

 

Pero a corto plazo, la mejor red de protección es aquella que funciona de manera eficaz y eficiente, sin perjudicar la economía.

 

Ante el encarecimiento de los alimentos y los combustibles, las altas tasas de desempleo, y sometidos a presiones políticas, los gobiernos estarán tentados de seguir financiando subsidios universales en lugar de transferencias dirigidas a grupos específicos.

 
Sin embargo, en muchos países donde el porcentaje de hogares que viven en condiciones precarias, cercanas a la línea de pobreza, es tan alto, los grupos pobres y vulnerables son los que más necesitan protección.

 

En Djibouti, el Banco está trabajando en programas de tipo asistencial para mejorar la nutrición, y en el ámbito del desarrollo comunitario impulsado por la demanda de los ciudadanos; en Jordania y para los palestinos, en una mejor red de protección social para prepararse para los tiempos difíciles, y en Líbano y Jordania, en un mejor acceso a la información y una mayor transparencia en los registros centrales de beneficiarios. Este es el comienzo, y la labor se puede seguir ampliando. En Egipto urge consolidar los programas de protección social fragmentados para poder asistir a los grupos vulnerables.

 

Información, comunidad, ciudadanos, participación. Hemos vuelto al punto de partida. 

Conclusión: Lo que debemos saber para seguir adelante

 

No muchos pueden afirmar que predijeron los acontecimientos actuales en el Oriente Medio y Norte de África. Debemos ser cautelosos con lo que suponemos que podría suceder después. Debemos afrontar el desarrollo con la misma dosis de humildad.


En lugar de limitarnos a hablar sobre lo que sabemos, deberíamos preocuparnos de lo que desconocemos.

 

En lugar de centrar la atención en lo que hemos hecho bien, deberíamos preocuparnos de aquello en lo que nos hemos equivocado. De nuestras omisiones, de las ocasiones en que no nos hemos pronunciado con suficiente firmeza, de cuando hemos autocensurado: sí, las voces de los ciudadanos, pero también nuestra propia voz.


La política y la economía son diferentes. Pero en muchos ámbitos también son muy parecidas. Personas, incentivos, sicología, naturaleza humana, gobernabilidad, opciones, resultados, rendición de cuentas, transparencia, seguridad, género, participación, voz: ¿política o economía? ¿O tal vez ambas?

¿Será 1848, 1968, 1979 o 1989? ¿O será 2011 el año en que aprendimos que la participación cívica es importante para el desarrollo y que, aparte de los regímenes, algo más ha cambiado?

 

*

Presidente

Grupo del Banco Mundial

 



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