El hermoso don de la complejidad

El hermoso don de la complejidad

En el taller de marionetas del señor Katich siempre se habían fabricado muñecos de madera muy difíciles. No les faltaba detalle. La gubia del maestro horadaba el interior de las cabecitas de roble para que cobraran vida y pudieran pensar como humanos con la llegada del soplo mágico del rey de los Tartenos. Como este no podía salir de su alcoba debido a su avanzada edad, y no sabía leer, eran los soldaditos de Katich quienes se destinaban a pintar, sin descanso, lienzos con escenas de la vida que discurría fuera de los muros de palacio. El rey escudriñaba las pinturas como quien se sumerge en una novela.

 

Los interiores de los peleles de Katich era auténticos laberintos, llenos de recovecos, de líneas torcitas y rectificadas, con pasadizos secretos, alguna cajita de música y varios candados que guardaban delicados secretos. El maestro tardaba entre uno y tres años en terminar una marioneta, demasiado tiempo para el taciturno rey, ávido de escenas interesantes que contemplar. Su paciencia se colmaba con mucha facilidad. Le molestaban los llantos desgarrados de muchas escenas de los hombres de madera de Katich; tampoco soportaba sus risas estridentes ni sus infinitas contradicciones.

 

Un día, el rey, saturado de pinturas tan recargadas, pidió a Katich marionetas más sencillas. Minimalistas y fáciles de entender, que pasaran de pintar un lienzo al mes a uno al día.

 

Antes el artesano utilizaba mil tipos de gubia, de todos los tamaños y anchos. Ahora con una sola herramienta podía crear un muñeco. El interior de las cabezas se dividió en dos simples huecos: bueno y malo; sí y no; blanco y negro. Y los aposentos del rey se cubrieron de escenas tranquilas, previsibles, planas, monocolores, sin salirse de la raya ni mezclando pinturas. Al principio, el rey disfrutó de aquella simplicidad pues no tenía que esforzarse en descifrar las cuatro esquinas de las imágenes.

 

Pasada una semana el rey ya no solo dormía por la noche sino también por el día. El aburrimiento se apoderó de las horas de luz, hasta que su corazón se paró como el tren que llega a la estación final.

 

Había sido el sucesivo sube y baja de emociones, la excitación y depresión continua de los cuadros de los retorcidos hombres de madera de Katich, lo que había facilitado el latido de su corazón pues nunca había palpitado por sí mismo.

 

Pregúntate, ¿tu cabeza tiene rectificaciones, líneas torcidas, candados que cierran lo inconfesable, hogueras, congeladores, cámaras de tortura, cajas de música y pasadizos secretos? Entonces tu potencial artístico para pintar una vida merecedora de ser vivida es extraordinario.

 

¿En serio piensas que si pensaras menos sería más feliz? No se trata de pensar menos sino de pensar MEJOR. Aprende a pensar. No nacemos aprendidos ni nos educan para pensar bien.

 

José Ángel Caperán

Psicólogo y coah. Nº Col. O-01888

jacaperan@gmail.com

Cita Previa 984 052 925

C/Magnus Blikstad nº21 entres. D. Gijón

 

Ilustración: Bejamin Lacombe

 

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